Aprender con las mujeres: autoras y personajes femeninos en la Literatura Contemporánea

Vamos a recorrer los periodos de la Literatura Contemporánea de la mano de las mujeres: autoras y personajes femeninos.

 

Aprender con las mujeres

1º) Pregunta sobre el tema.

Lee con tu grupo los textos seleccionados de autoras y/o personajes femeninos en el periodo histórico-literario que os ha correspondido investigar.

¿Hasta qué punto representan la mentalidad y el estilo de su época, en todos los sentidos? 

¿En qué aspectos desafían o superan los prejuicios y los estereotipos de sus contemporáneos sobre las mujeres?

2º) Crea una historia sobre la Historia y la Literatura Contemporáneas.

Reconstruye el proceso de liberación de las mujeres, paso a paso, como si se tratara de una heroína, o un grupo de distintas edades, que aprende a través del tiempo. 

1) Organiza la historia con un guion narrativo:

  1. Situación inicial.
  2. Planteamiento del conflicto principal.
  3. Momentos de tensión (climáticos): cambios de fortuna, situaciones dramáticas.
  4. Clímax que remite al conflicto inicial: cuando toda su vida se puede decantar hacia un destino o hacia otro.
  5. Solución del conflicto: un final trágico o feliz o una solución abierta.

2) Describe e inscribe a los personajes en los distintos contextos: históricos, culturales y literarios (temáticas, formas de expresión), donde se relacionan y transcurre su historia.

3) Utiliza los nombres de autoras reales (también autores, como figuras secundarias) y personajes de la literatura contemporánea que puedes consultar en el texto y en tus esquemas.

4) También puedes usar tu propia personalidad o situaciones reales en nuestro contexto actual. Por ejemplo, los hechos vividos antes o durante el 8 de marzo de 2018.

Enlace al portafolio del proyecto en el curso 2017/18: 4º ESO del IES Hipatia (Mairena del Aljarafe, Sevilla).

1. La Ilustración: el programa emancipador.

1.1. Las pioneras de la emancipación.

“(…) No contentos los hombres con haberse reservado, los empleos, las honras, las utilidades, en una palabra, todo lo que pueden animar su aplicación y desvelo, han despojado a las mujeres hasta de la complacencia que resulta de tener un entendimiento ilustrado. Nacen, y se crían en la ignorancia absoluta: aquéllos las desprecian por esta causa, ellas llegan a persuadirse que no son capaces de otra cosa y como si tuvieran el talento en las manos, no cultivan otras habilidades que las que pueden desempeñar con estas. ¡Tanto arrastra la opinión en todas materias! Si como ésta da el principal valor en todas las mujeres a la hermosura, y el donaire, le diese a la discreción, presto las veríamos tan solícitas por adquirirla, como ahora lo están por parecer hermosas, y amables. Rectifiquen los hombres primero su estimación, es decir, aprecien las prendas, que lo merecen verdaderamente, y no duden que se reformarán los vicios de que se quejan. Entretanto no se haga causa a las mujeres, que sólo cuidan de adornar el cuerpo, porque ven que éste es el idolillo, a que ellos dedican sus inciensos.

¿Pero cómo se ha de esperar una mutación tan necesaria, si los mismos hombres tratan con tanta desigualdad a las mujeres? En una parte del mundo son esclavas, en la otra dependientes.

(…) Si los hombres acreditan su capacidad por las obras que hacen, y los raciocinios que forman, siempre que haya mujeres, que hagan otro tanto, no será temeridad igualarlos, deduciendo que unos mismos efectos suponen causas conformes. Si los ejemplos no son tan numerosos en éstas, como en aquellos, es claro que consiste en ser menos las que estudian, y menos las ocasiones, que los hombres las permiten de probar sus talentos.

Ninguno que esté medianamente instruido, negará que en todos tiempos, y en todos países, ha habido mujeres que han hecho progresos hasta en las ciencias más abstractas. Su historia literaria puede acompañar siempre a la de los hombres, porque cuando éstos han florecido en las letras, han tenido compañeras, e imitadoras en el otro sexo. (…)

Por fin, el tiempo, y la necesidad las había acostumbrado, a la esclavitud que sufren en una parte del mundo, y a la dependencia a que se sujetan en la otra restante. Las primeras parecen conformes, con que se las despoje del uso de su razón, y las segundas con gozar de ella, aunque desterradas del premio y de la recompensa. La majestad del Cetro, la gravedad de la Toga, y los trofeos Militares, se han ido haciendo unos objetos, que se presentaban a la vista de las mujeres, como para admirarlos, mas no para pretenderlos, porque el curso de los siglos, había quitado la novedad, que las causaría al principio ver cerradas todas las puertas al honor, y al premio. Pero no por eso se han de mostrar insensibles a todos los desaires que quieran hacerlas. Ninguno mayor, que el nuevo santuario o muro de división que se intenta formar en el día; más que santuario o muro de división es del que hablamos. Este es la Sociedad económica de Madrid la cual duda admitir mujeres en su ilustre Asamblea. ¿Por ventura los que se llaman amigos del país, podrán alejarlas? ¿Son acaso algunas espías esparcidas por el Reino, que puedan dar noticia a los extraños de cuanto se trabaje por su bien? ¿0 son tan misteriosos, e intrincados los asuntos que se tratan en las Sociedades económicas que no puedan entenderlos sino los hombres? Nada de esto hay, pero la importancia del asunto, es igual, pues no se trata de menos, que de igualar a las mujeres con los hombres, de darlas asiento en sus Juntas, y de conferir con ellas materias de gravedad, cosa que parece fuera de orden y aun disparatada.

Si éste es el motivo de la oposición, también debe serlo suficiente para que las mujeres defiendan su causa, porque el silencio en esta ocasión, confirmaría el concepto que de ellas se tiene, de que no se cuidan, ni se interesan en negocios serios. A esta razón, que comprende a todas en general, se agrega la particular para la que escribe este papel, de que ha mucho tiempo tuvo la honra de ser admitida en una de las principales Sociedades económicas de este Reyno, cuya distinción, por el grande aprecio que hace de ella, quisiera ver extenderse a otras muchas de su sexo, para que fuera igual en ambos el empeño de desvelarse en bien de la Patria. (…)”.

Zaragoza, 7 de junio de 1786.

Autora: Josefa Amar y Borbón, “Discurso en defensa del talento de las mujeres, y de su aptitud para el gobierno, y otros cargos en que se emplean los hombres”.

1.2. La libertad de escoger marido: hasta ahí llegaron los patriarcas.

Escena XII

DOÑA FRANCISCA, RITA, DOÑA IRENE, DON DIEGO

Salen DOÑA FRANCISCA y RITA de su cuarto.

RITA.- Señora.

DOÑA FRANCISCA.- ¿Me llamaba usted?

DOÑA IRENE.- Sí, hija; porque el señor Don Diego nos trata de un modo que ya no se puede aguantar. ¿Qué amores tienes, niña? ¿A quién has dado palabra de matrimonio? ¿Qué enredos son éstos?… Y tú, picarona… Pues tú también lo has de saber… Por fuerza lo sabes… ¿Quién ha escrito este papel? ¿Qué dice? (Presentando el papel abierto a DOÑA FRANCISCA.)

RITA (Aparte a DOÑA FRANCISCA.).- Su letra es.

DOÑA FRANCISCA.- ¡Qué maldad!… Señor Don Diego, ¿así cumple usted su

palabra?

DON DIEGO.- Bien sabe Dios que no tengo la culpa… Venga usted aquí. (Tomando de una mano a DOÑA FRANCISCA, la pone a su lado.) No hay que temer… Y usted, señora, escuche y calle, y no me ponga en términos de hacer un desatino… Deme usted ese papel… (Quitándole el papel.) Paquita, ya se acuerda usted de las tres palmadas de esta noche.

DOÑA FRANCISCA.- Mientras viva me acordaré.

DON DIEGO.- Pues éste es el papel que tiraron a la ventana… No hay que asustarse, ya lo he dicho. (Lee.) «Bien mío: si no consigo hablar con usted, haré lo posible para que llegue a sus manos esta carta. Apenas me separé de usted, encontré en la posada al que yo llamaba mí enemigo, y al verle no sé cómo no expiré de dolor. Me mandó que saliera inmediatamente de la ciudad, y fue preciso obedecerle. Yo me llamo Don Carlos, no Don Félix. Don Diego es mi tío. Viva usted dichosa, y olvide para siempre a su infeliz amigo.- Carlos de Urbina.»

DOÑA IRENE.- ¿Conque hay eso?

DOÑA FRANCISCA.- ¡Triste de mí!

DOÑA IRENE.- ¿Conque es verdad lo que decía el señor, grandísima picarona? Te has de acordar de mí. (Se encamina hacia DOÑA FRANCISCA, muy colérica, y en ademán de querer maltratarla. RITA y DON DIEGO lo estorban.)

DOÑA FRANCISCA.- ¡Madre!… ¡Perdón!

DOÑA IRENE.- No, señor; que la he de matar.

DON DIEGO.- ¿Qué locura es ésta?

DOÑA IRENE.- He de matarla.

Escena XIII

DON CARLOS, DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA

Sale DON CARLOS del cuarto precipitadamente; coge de un brazo a DOÑA FRANCISCA, se la lleva hacia el fondo del teatro y se pone delante de ella para defenderla. DOÑA IRENE se asusta y se retira.

DON CARLOS.- Eso no… Delante de mí nadie ha de ofenderla.

DOÑA FRANCISCA.- ¡Carlos!

DON CARLOS (A DON DIEGO.).- Disimule usted mi atrevimiento… He visto que la insultaban y no me he sabido contener.

DOÑA IRENE.- ¿Qué es lo que me sucede, Dios mío? ¿Quién es usted?… ¿Qué acciones son éstas?… ¡Qué escándalo!

DON DIEGO.- Aquí no hay escándalos… Ése es de quien su hija de usted está enamorada… Separarlos y matarlos viene a ser lo mismo… Carlos… No importa… Abraza a tu mujer. (Se abrazan DON CARLOS y DOÑA FRANCISCA, y después se arrodillan a los pies de DON DIEGO.)

DOÑA IRENE.- ¿Conque su sobrino de usted?…

DON DIEGO.- Sí, señora; mi sobrino, que con sus palmadas, y su música, y su papel me ha dado la noche más terrible que he tenido en mi vida… ¿Qué es esto, hijos míos; qué es esto?

DOÑA FRANCISCA.- ¿Conque usted nos perdona y nos hace felices?

DON DIEGO.- Sí, prendas de mi alma… Sí. (Los hace levantar con expresión de ternura.)

DOÑA IRENE.- ¿Y es posible que usted se determina a hacer un sacrificio?…

DON DIEGO.- Yo pude separarlos para siempre y gozar tranquilamente la posesión de esta niña amable, pero mi conciencia no lo sufre… ¡Carlos!… ¡Paquita!… ¡Qué dolorosa impresión me deja en el alma el esfuerzo que acabo de hacer!… Porque, al fin, soy hombre miserable y débil.

DON CARLOS.- Si nuestro amor (Besándole las manos.), si nuestro agradecimiento pueden bastar a consolar a usted en tanta pérdida…

DOÑA IRENE.- ¡Conque el bueno de Don Carlos! Vaya que…

DON DIEGO.- Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras que usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño… Esto resulta del abuso de autoridad, de la opresión que la juventud padece; éstas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas… Por una casualidad he sabido a tiempo el error en que estaba… ¡Ay de aquellos que lo saben tarde!

(…)

Protagonista: Francisca, prometida por necesidad al rico y viejo Don Diego; enamorada de Carlos, su sobrino.

Autor: Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas.

2. Romanticismo: la mujer presa de la literatura.

2.1. El programa ilustrado desde la perspectiva del siglo XIX.

“Pasados aquellos tiempos en que se discutía formalmente si la mujer tenía alma y si podía pensar —¿se escribieron acaso páginas más bellas y profundas, al frente de las obras de Rousseau que las de la autora de Lelia [George Sand]?— se nos permite ya optar a la corona de la inmortalidad, y se nos hace el regalo de creer que podemos escribir algunos libros, porque hoy, nuevos Lázaros, hemos recogido estas migajas de libertad al pie de la mesa del rico, que se llama siglo XIX. (…)

Pero como el objeto de este prólogo es sincerarme de mi atrevimiento al publicar este libro, diré, aunque es harto sabido de todos, que, dado el primer paso, los demás son hijos de él, porque esta senda de perdición se recorre muy pronto. (…)

Porque todavía no les es permitido a las mujeres escribir lo que sienten y lo que saben”.

Rosalía de Castro, Prólogo a la novela La hija del mar.

2.2. Traición y suicidio.

“La sociedad es para mí un mal necesario. Yo que no puedo aceptar su código no me rebelo contra él, porque yo soy un ser fuerte y débil a la vez, que ni puede ajustar su talla a esa medida estrecha de la hipocresía social, ni tiene bastante rico el corazón para privarse de los goces aturdidores de sus brillantes placeres. ¿Y qué otra cosa puedo desear ni esperar?

Cuando se llega a este estado, Carlos, en el cual las ilusiones del amor y de la felicidad se nos han desvanecido, el hombre encuentra acierto delante de sí el camino de la ambición. Pero, ¡la mujer!,¿qué recurso le queda cuando ha perdido su único bien, su único destino: el amor? Ella tiene que luchar cuerpo a cuerpo, indefensa y débil, contra los fantasmas helados del tedio y la inanición. ¡Oh! Cuando se siente todavía fecundo el pensamiento, el alma sedienta, y el corazón no nos da ya lo que necesitamos, entonces es muy bella la ambición. Entonces es preciso ser guerrero o político, es preciso crearse un combate, una victoria, una ruina. El entusiasmo de la gloria, la agitación del peligro, la ansiedad y el temor del éxito, todas y aquellas vivas emociones del orgullo, del valor, de la esperanza y el miedo… Todo eso es una vida que no comprendo. Sí, momentos hay de mi existencia en que concibo el placer de las batallas, la embriaguez del olor de la pólvora, la voz de los cañones; momentos en que penetro en el tortuoso camino del hombre político, y descubro las flores que en el poder de la gloria presentan para él las espinas que hacen su posición más apetecible… Pero, ¡la pobre mujer sin más que un destino en el mundo!, ¿qué hará, qué será cuando no puede ser lo que únicamente le está permitido?

Hará lo que yo hago, y como yo será desventurada, sin que su desventura pueda ser confiada ni comprendida”.

Personaje: Catalina, protagonista de la novela de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Dos mujeres.

“No era ya Luisa una mujer: era un ángel superior a todas las flaquezas humanas, y cuando sus manos, apartándose de su rostro, dejaron ver la expresión divina que le animaba, la misma Catalina inclinó su altiva frente subyugada por un sentimiento de respeto.

-Señora -dijo Luisa con patético acento-, mi muerte puede solamente dejar libre a Carlos, y yo la imploro en este momento de la piedad del cielo. Si pudiese sin crimen terminar mi vida desgraciada, ese sería el testimonio que yo diese a Ud. de los sentimientos de mi corazón. Espero que Dios me concederá muy en breve dejar este valle de lágrimas en donde han sido tan amargas las mías. El golpe que me ha traspasado el alma me permite esta esperanza”.

Luisa, esposa de Carlos, el amante de Catalina.

“En el instante que recibas este papel, corre a ver a Luisa. Dila que debe partir con su esposo y que solamente después que se halle lejos de Madrid puede decirle lo que ella sabrá antes que él.

Me ha amado y su dolor será grande. Dios y ella le templarán. La mujer culpable que ha hecho a los dos esposos desventurados, va a implorar del cielo el perdón que no espera ni desea de los hombres. Pero el de ella sonará dulcemente en mi sepulcro, el de ella dará paz a mis huesos y dulzura a mi agonía. Le imploro de rodillas y creo recibirle. Su alma divina no puede negar al arrepentimiento la piedad.

Que no sepa Carlos, si es posible, que muero por mi voluntad, tendría remordimientos. Que el ángel a quien confío esa existencia querida, derrame en su llagado corazón los tesoros inmensos de su ternura y de su bondad, y que pueda él devolverle algún día la felicidad que ella conceda.

Mi última bendición es para ellos, y por ellos mi último voto”.

Catalina: carta a su amiga Elvira antes de suicidarse.

Autora: Gertrudis Gómez de Avellaneda, Dos mujeres.

2.3. Traición y venganza.

“Sumergido Ansot en sus meditaciones, apenas sintió entrar en el gabinete con lento paso una mujer, toda vestida de negro, haciendo resaltar de este modo la blancura mate de su rostro.

Esta mujer se acercó a Alberto, y tocándole en el hombro le dijo:

—¡Alberto!

Levantó Ansot la cabeza y miró hacia atrás; pero de pronto se pintó el espanto en sus ojos, lanzó un grito y preguntó con voz de enojo a la que había entrado que, de pie, en ademán severo, le miraba impasible:

—¿Qué buscas aquí?

—Extraña pregunta —respondió la enlutada—; te busco a ti, a ti, Alberto, Ansot, pirata y ladrón, a ti que me robaste a Esperanza, a ti de quien soy esposa… Allá quemé tu palacio, aquí… vengo a anunciarte que Teresa la expósita, Teresa la abandonada de su marido, la befada, insultada, escarnecida, ha descubierto por fin el rincón oculto del mundo a donde has ido a sepultarte con tus crímenes, y, lo que es peor para ti, viene a ver por fin cómo cae sobre la cabeza del hombre que amó tanto como hoy le aborrece todo el peso de su venganza.

—¡Teresa! —respondió Alberto con voz suplicante—. Tú no me perderás, mírame aquí en medio de este lujo como un avaro en medio de sus riquezas; heme solo, abandonado. ¡Oh! Tú aquí, que tanto te he ofendido —añadió poniéndose de rodillas—, perdóname y quédate conmigo: aquí podemos todavía ser felices, olvidando todo y volviéndonos a amar. ¡Ah! ¡De todas cuantas afecciones he despertado en la loca carrera de mi vida, de ninguna he desconfiado menos que de la tuya; perdóname, pues estoy solo; alegra mi soledad: todo lo abandonaré por ti!

Hubo un largo silencio que Ansot, con los ojos bajos y afligido el semblante, no se atrevió a interrumpir.

Teresa le miró con tristeza.

—Son inútiles tan engañosas palabras; las he escuchado en tus labios tantas veces que ya no puedo creerte. Además, Alberto, no te amo ya…; venía dispuesta a vengarme, a gozar en tu última agonía, pero conocí al verte y al oírte que, o te he amado demasiado, o soy más buena de lo que siempre he creído. Yo, Teresa, la que tantas veces has burlado, aquella en quien has encendido tan gran ansia de venganza que te buscó de ciudad en ciudad, de continente en continente, próxima a tocar el fruto de tanta fatiga y de tanto dolor devorado en silencio, no sabe más que decirte… Huye, Alberto, huye ahora mismo o, tal vez, no podrás hacerlo más tarde.

—¿Huir? —preguntó aterrado Alberto—. ¿Tan grande es el peligro que me amenaza?

—Grande es en efecto: el traidor no supo más que abrigar víboras en su seno… Ángela, la amante de Daniel, halló por fin en tu misma casa a aquella Esperanza a quien tanto amé y amo aún, que era tu hija, la hija de Candora, la niña abandonada en la Peña Negra. Ángela acaba de delatarte, te buscan por todas partes lo mismo que a Esperanza, para que la hija ayude a llevar al cadalso al padre a quien nunca amó… ¿Comprendes, pues, cuán grande es tu peligro?

—¡Gracias, Teresa! ¡Ah, cuánto te debo! —y quiso echarse a los pies de la expósita.

—Huye —replicó ésta tristemente— y pronto, no pierdas un tiempo tan precioso en protestas que no creo.

Alberto no escuchó más; el peligro le libró del abatimiento en que había caído, y quiso huir… pero era imposible.

Un mes más tarde en la plaza de la ciudad de *** ahorcaban por pirata, asesino e incendiario a Alberto Ansot. Una mujer le contemplaba con cierta alegría intensa que brillaba en sus ojos; un anciano atravesó entonces por entre la multitud y la apartó de allí, sustrayéndola a tan repugnante espectáculo.

—Yo bien lo había pensado —murmuró con aire sombrío al alejarse—. Alberto Ansot no se parecía a su padre…, era un infame.

Este anciano era el doctor Ricarder, la mujer era Ángela.

Teresa les vio pasar y apartó la vista diciendo:

—Ellos son los instrumentos de la justicia divina… Pero yo amé demasiado a Alberto para que no les aborrezca”.

Personajes protagonistas: Teresa y Esperanza (madre e hija).

Rosalía de Castro, La hija del mar.

3. Realismo: las mujeres siguen románticas y presas.

3.1 El chivo expiatorio del patriarcado: la vergüenza.

Final de La Regenta, novela de Clarín.

“Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas.

Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo”.

Personaje: Ana Ozores.

Autor: Leopoldo Alas Clarín, La Regenta.

3.2. El chivo expiatorio del capitalismo: la miseria.

” -En ninguna parte estará usted mejor que en la Misericordia, y si quiere, yo misma le hablaré a D. Romualdo, si a usted le da vergüenza. Doña Paca y yo la recomendaremos… Porque mi señora madre política ha puesto en mí toda su confianza, y me ha dado su dinero para que se lo guarde… y le gobierne la casa, y le suministre cuanto pueda necesitar. Mucho tiene que agradecer a Dios por haber caído en estas manos…

-Buenas manos son, señora Juliana.

-Vaya por casa, y le diré lo que tiene que hacer.

-Puede que yo lo sepa sin necesidad de que usted me lo diga.

-Eso usted verá… Si no quiere ir por casa…

-Iré.

-Pues, señá Benina, hasta mañana.

-Señora Juliana, servidora de usted».

Bajó de prisa los gastados escalones, ansiosa de verse pronto en la calle. Cuando llegó junto al ciego, que en lugar próximo le esperaba, la pena inmensa que oprimía el corazón de la pobre anciana reventó en un llorar ardiente, angustioso, y golpeándose la frente con el puño cerrado, exclamó: «¡Ingrata, ingrata, ingrata!

No yorar ti, amri -le dijo el ciego cariñoso, con habla sollozante-. Señora tuya mala ser, tú ángela.

-¡Qué ingratitud, Señor!… ¡Oh mundo… oh miseria!… Afrenta de Dios es hacer bien…

Dir nosotros luejos… dirnos, amri… Dispreciar ti mondo malo.

-Dios ve los corazones de todos; el mío también lo ve… Véalo, Señor de los cielos y la tierra, véalo pronto»”.

Personaje protagonista: Benina.

Autor: Benito Pérez Galdós, Misericordia.

3.3. El deseo negado y disfrazado.

“A la puerta de la casaca asomó una mujer pobremente vestida y dos chiquillos harapien- tos, que muy obsequiosos me sacaron una silla. Sentose Pacheco a mi lado sobre unos tron- cos. Noté bienestar inexplicable y me puse a mirar cómo se acostaba el sol, todo ardoroso y sofocado, destellando sus últimos resplandores en el Manzanares. Es decir, en el Manzanares no: aquello se parecía extraordinariamente a la bahía viguesa. La casa también se había vuelto una lancha muy airosa que se mecía con movimiento insensible; Pacheco, sentado en la popa, oprimía contra el pecho la caña del timón, y yo, muellemente reclinada a su lado, apoyaba un codo en su rodilla, recostaba la cabeza en su hombro, cerraba los ojos para mejor gozar del soplo de la brisa marina que me abanicaba el semblante… ¡Ay madre mía, qué bien se va así!… De aquí al cielo…

Abrí los párpados… ¡Jesús, qué atrocidad! Estaba en la misma postura que he descrito, y Pacheco me sostenía en silencio y con exquisito cuidado, como a una criatura enferma, mientras me hacía aire, muy despacio, con mi propio pericón…

No tuve tiempo a reflexionar en situación tan rara. No me lo permitió el afán, la fatiga inexplicable que me entró de súbito. Era como si me tirasen del estómago y de las entrañas hacia fuera con un garfio para arrancármelas por la boca. Llevé las manos a la garganta y al pecho, y gemí:

-¡A tierra, a tierra! ¡Que se pare el vapor… me mareo, me mareo! ¡Que me muero!… ¡Por la Virgen, a tierra!

Cesé de ver la bahía, el mar verde y espumoso, las crespas olitas; cesé de sentir el soplo del nordeste y el olor del alquitrán… Percibí, como entre sueños, que me levantaban en vilo y me trasladaban… ¿Estaríamos desembarcando? Entreoí frases que para mí entonces carecían de sentido. «-Probetica, sa puesto mala. -Por aquí, señorito… -Sí que hay cama y lo que se necesite… -Mandar…». Sin duda ya me habían depositado en tierra firme, pues noté un consuelo grandísimo y luego una sensación inexplicable de desahogo, como si alguna manaza gigantesca rompiese un aro de hierro que me estaba comprimiendo las costillas y dificultando la respiración. Di un suspiro y abrí los ojos…

Fue un intervalo lúcido, de esos que se tienen aún en medio del síncope o del acceso de locura, y en que comprendí claramente todo cuanto me sucedía. No había mar, ni barco, ni tales carneros, sino turca de padre y muy señor mío; la tierra firme era el camastro de la tabernera, el aro de hierro el corsé que acababan de aflojarme; y no me quedé muerta de sonrojo allí mismo, porque no vi en el cuarto a Pacheco. Sólo la mujer, morena y alta, muy afable, se deshacía en cuidados, me ofrecía toda clase de socorros…

– No, gracias… Silencio y estar a obscuras… Es lo único… Bien, sí, llamaré si ocurre. Ya, ya me siento mejor… Silencio y dormir; no necesito más”.

Protagonista (autobiografía): Asís, viuda gallega.

Autora: Emilia Pardo Bazán, La insolación.

4. Modernismo y generación del 98.

4.1. Más agonía romántica: suicidio.

Dientes de flores, cofia de rocío,

manos de hierbas, tú, nodriza fina,

tenme prestas las sábanas terrosas

y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.

Ponme una lámpara a la cabecera;

una constelación; la que te guste;

todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes…

te acuna un pie celeste desde arriba

y un pájaro te traza unos compases

para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido…

Autora: Alfonsina Storni, “Voy a dormir“.

4.2. La madre sacrificada.

Hay una congoja de algas

y una sordera de arenas,

un solapamiento de aguas

con un quebranto de hierbas.

Estamos bajo la noche 5

las criaturas completas:

los muros, blancos de fieles;

el pinar lleno de esencia,

una pobre fuente impávida

y un dintel de frente alerta. 10

Y mirándonos en ronda,

sentimos como vergüenza

de nuestras rodillas íntegras

y nuestras sienes sin mengua.

Cae el cuerpo de una madre 15

roto en hombros y en caderas;

cae en un lienzo vencido

y en unas tardas guedejas.

La oyen caer sus hijos

como la duna su arena; 20

en mil rayas soslayadas,

se va y se va por la puerta.

Y nadie para el estrago,

y están nuestras manos quietas,

mientras que bajan sus briznas 25

en un racimo de abejas.

Descienden abandonados

sus gestos que no sujeta,

y su brazo se relaja,

y su color no se acuerda. 30

¡Y pronto va a estar sin nombre

la madre que aquí se mienta,

y ya no le convendrán

perfil, ni casta, ni tierra! (…)

Gabriela Mistral, “Deshecha”, Tala.

5. Generación del 27. Comienza la liberación.

5.1. Autoanálisis: el sentimiento de culpa por ser víctima o por nada más que ser.

“Tengo tal necesidad de pensar por cuenta propia, que cuando no puedo hacerla, cuando tengo que conformarme con alguna opinión que no arranca de mí, la acojo con tanta indiferencia que parezco un ser sin sentimientos. (…)

Yo no era desinteresada en el dolor que me causaba esta palabra. La rechazaba por mí, aunque creyese que era por la otra. ¡Si entonces me hubieran dicho que tiempo después, en mi propia casa, casi en mi cara iba yo a ir por el pasillo e iba a tener que oír aquello, referido a mí misma, con un acento aún más bajo, con mayor desgarro! Porque el ama decía: «¡Cuánta basura hay en el mundo!», y su retintín parecía querer decir que si la dejaran a ella lo arreglaría de un escobazo. La monja no: decía en este mundo, como si sólo el otro pudiese estar limpio de ella.

¿Por qué exclamar lo mismo ante cosas tan diferentes? ¿Es que yo no entiendo lo que hago? ¿Es que podré llegar alguna vez a entender las cosas como los otros? Eso sería el mayor castigo que pudiera esperarme. Porque las gentes viven, comen, van y vienen, como si tal cosa, aunque vean el mundo con ese asco. Yo no: yo, si llego a verlo así, me moriré de él. Yo no quiero vivir ni un día más si voy hacia eso.

Pero ¿qué puedo temer si he decidido no ir a ningún sitio, volver hacia atrás y mirar todo sin que cambie nada?

(…)

Corrí como si me persiguiesen y llevaba una sensación muy extraña; no sabía si por haberme comportado yo torpemente o si por cómo se habían comportado conmigo. También estaba inquieta por doña Luisa. Miré al pasar por una tienda el reloj, y eran las nueve. Temí que pudiese tener un disgusto con su marido: me había dado la impresión de ser un hombre sumamente arbitrario y muy poco amable.

(…)

Se la mandé llena de dudas. Estaba ya tan lejos el momento en que se me había ocurrido, que me parecía el regalo más sin sentido y menos a propósito que pudiera hacérsele; pero, en fin, una vez enviada tuve que decidirme a afrontar el efecto que hubiese hecho.

Cuando llegué, la manta estaba sobre la mesa del comedor, al lado de la gran caja donde la habían llevado y todos los papeles y cintas con que venía envuelta. Doña Luisa la acariciaba lo mismo que había hecho en la tienda: estaba encantada.

Cuando llegó don Daniel, le dijo:

—¿Qué te parece, qué te parece la ocurrencia de esta chica?

Y él, en vez de contestarle a ella, se quedó mirándome, con las manos en los bolsillos, y me dijo:

—Me parece que si tú fueras un caballerito tendrías el arte de hacer regalos a las damas, y me parece también que a ti te gustaría mucho algunas veces ser un caballerito.

¿Qué quiso decir con esto? No lo sé; pensé en un momento que me comprendía, que se daba cuenta de que yo estaba descontenta de ser como era, pero no, no estoy segura de que fuera eso lo que quería decir.

(…)

Aunque ha pasado mucho tiempo, todavía no comprendo; tienen que pasar muchos años para que yo comprenda aquella mirada, y a veces querría que mi vida fuese larga para contemplarla toda la vida; a veces creo que por más que la contemple ya es inútil comprenderla.

Alrededor de aquella mirada empezó a aparecer una sonrisa o más bien algo semejante a una sonrisa, que me exigía a mí sonreír. Era como si él estuviese viendo dentro de mis ojos el horror de lo que yo había visto. Parecía que él también estaba mirando algo monstruoso, algo que le inspirase un terror fuera de lo natural y, sin embargo, sonreía.

(…)

Él veía las ideas que se agolpaban en mi cabeza como yo veía que la sangre se aceleraba en sus venas, porque además el poema me ayudaba no sé si a descubrirlo o a provocarlo. También era aludida allí la agitación interior del que cabalgaba fuera de donde es lógico cabalgar.

Recalqué, con el brazo extendido otra vez en la misma dirección:

Y en sus sienes golpeando sin tiento


de la sangre el latido violento


sus oídos zumbaban con lento


y profundo y monótono son.


Pero yo no quería sólo atormentarle, y, además, ¿por qué había de sentirse atormentado con aquello? No es posible explicarlo. Lo que puedo asegurar es que él sufría en aquel momento una verdadera tortura y que en mis planes había figurado desde un principio la posibilidad de lograrlo.

Ya en otra ocasión he hablado a propósito de esto, de venganza; sí que la había, y la prueba de que era justa es que apareció en seguida en sus ojos aquella expresión sombría que parecía que iba a desatar de un momento a otro un acontecimiento terrible. Exactamente igual que el día que se escapó de entre mis papeles el grabado del profeta Daniel.

En esta otra ocasión era yo quien le enseñaba la imagen desde la tribuna, con toda mi osadía, porque él no podía hacerme callar ni obligarme a cambiar de tema.

Su palidez, las sombras que le proyectaban en las ojeras las luces de la sala, no sé si despertaban en mi fondo una marejada de ternura o de miedo; el caso es que seguí porque la sonoridad de aquellos versos me arrastraba y porque quería llegar al fin. Aunque no tuviese fin, es decir, finalidad ninguna.

(…)

Al día siguiente, tampoco fui a ver a Luisa. No fui por la mañana ni subí por la tarde, pero, claro está, la obsesión de verla y el convencimiento de la imposibilidad de verla abarcaban el día entero, el día y la noche, y lo destruían todo.

Destruían hasta la facultad de comprender las cosas más sencillas. Yo había tenido siempre, desde muy pequeña, por naturaleza, la condición de poder descubrir por una palabra cazada al vuelo cualquier trama o maquinación complicada de las gentes. Pues bien, al cuarto día oí por el pasillo de mi casa aquellas inmundas reflexiones que el ama iba haciéndose y no comprendí.

¿Qué hubiera hecho si hubiera comprendido? ¿Qué hubiera podido poner en salvo? Nada, ya no era tiempo.

(…)

Entonces fue cuando mi padre exclamó:

—¡Es inaudito, los días que me queden de vida no me van a bastar para repetirlo! ¡Es inaudito, es inaudito!

Don Daniel siguió:

—Reflexione sobre lo que le he dicho. El hecho es tan desmesurado que no cabe en sus planes, por perfectos que sean. Tiene que resolverse por sí mismo. Reflexione en esto, coronel, piénselo siquiera media hora.

Mi padre repetía la misma palabra en voz baja, y ya separado de la puerta, dio unos cuantos pasos indecisos como queriendo justificar con la torpeza de sus pies la desorientación de su cabeza.

Don Daniel, en cuanto vio libre un pequeño espacio, con un movimiento de rapidez indescriptible me cogió por el brazo casi junto al hombro —creí que el brazo iba a desprendérseme del cuerpo—, abrió la puerta como medio metro y me lanzó fuera.

El impulso de su mano fue como si me hubiese llevado en vilo hasta casa: no sentí el suelo bajo los pies.

(…)

¿Me callé por cobardía, por indiferencia? No, sólo porque sabía que lo que hubiera querido hacer no era posible. No habría conseguido llegar a ningún sitio; si hubiera salido a la puerta, cualquiera, una de mis criadas, un hombre de la calle habría podido pisarme como a un ratón.

Permanecí en silencio en el cuarto semioscuro.

(…)

Podría dar por terminado el relato. Estamos ya en el mes de marzo. Han pasado cinco meses y mi vida en este tiempo me es tan ajena como la de cualquier vecino de la ciudad, cuyo idioma casi desconozco.

Recuerdo que, al empezar este cuaderno, hice ciertos planes de conducta en oposición con el ambiente: he faltado a todos. He estudiado con Adriana y me he dejado deslizar por la nieve como los demás.

Mi tía Frida sigue creyendo que soy una buena chica; tanto ella como su marido se han impuesto como misión el convencerme de ello.

Ya en Valladolid, la noche que pasé en el hotel, en el cuarto de al lado de mi tío, donde me tuvo escondida hasta la hora de tomar el tren para que la cosa no trascendiese hasta casa de mi abuela, estuvo haciendo por animarme como una persuasión que iba en ese sentido. Me repetía continuamente: «Tú no tienes la culpa de lo que ha pasado: eso tenía que pasar, si no hubiera sido por esto, habría sido por otra cosa. En fin de cuentas, el único responsable es tu padre por no haberte puesto desde hace tiempo en un ambiente adecuado», etcétera.

Yo le miraba en silencio y me preguntaba por dentro: ¿Qué pasaría si yo le dijese ahora que me da asco oírle? ¿Qué pasaría si le diese una patada? Que me volvería a llevar a Simancas, y no, no tengo fuerzas para descender lentamente hasta el fondo del río.

Al mismo tiempo, veía que su intención era buenísima, que había hecho y seguiría haciendo todo lo que se podía hacer para salvarme, pero es que me parecía degradante dejarme salvar, sabiendo que no merecía ser salvada. Sin embargo, me dejé.

(…)

Todo es maravilloso, pero es repugnante que todo esto se le ofrezca incluso a la criatura más vil. Aunque no sé si encontrarlo repugnante es no querer comprender la misericordia de Dios.

¿Será que no la comprendo? No sé; creo que si alguna gratitud existe en mí, existe sólo en forma de fuerza bruta. Es algo irracional, algo así como la salud. Cuando siento el frío en los carrillos, cuando corro con Adriana por la nieve o por entre los árboles oscuros que cubren estas laderas, me invade una especie de bondad que casi me hace sonreír extasiada ante las cosas hermosas”.

Protagonista (autobiografía): Leticia Valle.

Autora: Rosa Chacel, Memorias de Leticia Valle.

5.2. La mujer libre y pensadora.

Nietzsche dijo que el amor está más allá del bien y del mal. Y sabía también esto. Lo mismo sucede con aquello que se da por amor, como yo he dado todo, que está más allá del bien y del mal, de la responsabilidad y que yo lo acepto. He aceptado siempre la verdad, me lleve donde me lleve, me traiga lo que me traiga; entonces mi autobiografía, ¿cuál podría ser?; pues todo, todo aquello que he dado y también lo que he querido dar y no he podido. Una autobiografía al par positiva y negativa. Lo negativo es más fácil de decir que lo positivo.

María Zambrano, A modo de autobiografía.

5.3. La mujer activa.

Clara Campoamor, El voto femenino y yo: mi pecado mortal.

6. Posguerra y democracia. Novela de aprendizaje: las mujeres se hacen a sí mismas.

6.1. Liberación sexual.

Se acercó sonriente. Entonces oyó su nombre y se detuvo. No se ocultaba; estaba en el jardín a plena luz, cerca de la ventana, detrás de la que aparecían ellas, mirándolas. Si hubieran vuelto la cabeza, las niñas también habrían visto a Marta. Ella no se movía; oía sus charlas, pero lo hacía sin ningún misterio.

—Lo sabe todo el mundo. Son novios. Nosotras hemos sido las últimas en enterarnos. Eso es una falta de amistad…

—Pero lo de los besos no lo creo. —Lo vio mi hermana.

—Pero tenemos que decirle algo… Esa calamidad no se da cuenta nunca de que todo el mundo la critica.

—Y lo peor es que después se creen que todas las de la pandilla somos iguales… Se lo tenemos que decir.

Hubo una pausa. Marta suspiró en el jardín. Oyó la voz de Anita, que siempre era justa:

—Todas nos hemos besado con nuestros novios… Y Flora, que no tenía novio:

—¡No digas eso…! ¡Tú…! ¡Que lo digas tú…! De ti nadie pudo decir nada nunca.

—Porque lo hice a escondidas, en el jardín… Todas protestaron.

—¡Es distinto!

—Además lo tuyo es una cosa formal. Es distinto. Se lo tenemos que decir. Mi madre, fíjate tú, está empeñada en ir a hablar con su familia… Como ella se ha criado sin madre…

Anita dijo:

—Yo se lo diré luego. ¡Es tan raro que ella nunca se dé cuenta de nada! Como siempre va distraída y no se fija en nadie, se cree que nadie se fija en ella.

Hubo otra pausa.

—Voy a poner un disco.

Tenían una gramola en el cuarto bohemio. Marta aprovechó aquel cambio de cosas para acercarse a la ventana. Estuvo allí de codos un minuto sin que la vieran, ocupadas todas en la tarea de mirar el álbum de discos. Aún dijo Flora:

—Niñas: ¿ustedes creen que estará enamorada?

Anita contestó, segura:

—Una mujer no besa a un hombre nunca sin estar enamorada. No va a perder así su dignidad. ¡Qué tontería! Claro que está enamorada. Ella conoce a Sixto de toda la vida.

Marta, allí, quieta, estaba un poco turbada cuando volvieron la cabeza hacia ella. Y las otras se sobresaltaron también. Marta pensaba que esta dulzura, este olvido que tenía desde el día anterior quizás era estar enamorada. Pero lo pensaba por primera vez. Se sentía también un poco heroína de novela. Ella había ayudado siempre a otros seres en sus noviazgos y había permanecido un poco al margen de aquello, con curiosidad y con ternura a un tiempo. También había leído muchas novelas, y algunas terribles y crudísimas, en compañía de estas mismas muchachas.

(…)

Llegó temprano a la casa de sus tíos y encontró sólo a Daniel al piano. Atraída por la música se paró en la puerta del salón. Daniel la sintió, y en vez de seguir tocando como hacía siempre, se volvió hacia ella. La miró con interés. La llamó; Marta le vio sonreír con una extraña complicidad.

—Ven…, ven.

Sobre una mesita había una botella y unos vasos.

—Vamos a a brindar, nenita… por un secreto.

—¿Tú también bebes?

—Un dedito.

Los ojos de Daniel se encendieron de pronto y la acarició la cara. —¡Quién diría que tú haces esas cosas…!

Marta se apartó, extrañada.

—¿Qué cosas?

Daniel se puso un dedo sobre la boca minúscula. Miró a todos lados.—Hay que anclar con precauciones… El servicio puede oír. Todo se puede hacer si se guarda el decoro, nenita. Pero el decoro, ¿eh…? ¿No te gusta que te dé un pellizquito…? Tu pobre tío Daniel es un viejo ya. Sí, sí, hay que guardar el decoro… Te advierto que aquí están un poco enfadadas contigo tus tías. Matilde es algo puritana… Y Hones nunca rompió las formas… Las formas son algo importante, nenita; éste es el consejo de un viejo tío tuyo… Dame la manita… ¡Oh, tienes un poco descuidadas las manos…! Una damita como tú… ¿No sabes que estás muy guapita ahora?

Marta tuvo la sensación de que Daniel estaba borracho. Esto era muy raro. Nunca bebía, a causa de su estómago.

—¿Eh? ¿Qué dices? ¿No dices nada…? ¿Por qué te vas…? Yo estoy de tu parte…

—No me voy. —Marta estaba un poco nerviosa—. Es que no sé de lo que estás hablando…

—Oh, sí; sí lo sabes. Me parece bien este pudor ; pero sí sabes, sí sabes. Puedes abrirme tu pecho como a un confesor. Yo también he pecado mucho.

La última frase fue como una confidencia susurrante.

Marta sintió una vergüenza horrible. De pronto, viendo a Daniel y viendo su expresión, sus ojitos iluminados, sus manos un poco temblonas, tuvo la idea loca de echar a correr escaleras abajo, huyendo.

(…)

José estaba junto a un ventanal. Pino, en traje de calle, sentada en una silla, se estaba quitando allí mismo en el comedor los zapatos de tacones altísimos, que le hacían daño. La miró de reojo y vio que Pino la miraba también desafiante. Pino siempre parecía desafiante, como si estuviera en lucha perpetua y sus enemigos encarnasen sucesivamente en Marta, en las criadas, en José, en cualquiera… Todo aquello preparaba una escena decisiva en la vida de Marta. Algo que quizás años después ella recordaría vivamente. Pero no lo presintió.

Se acercó, como siempre, hacia su sitio en la mesa. No se sentó, pero se apoyó rígidamente en el respaldo de la silla. Frente a ella estaba el locero tan bonito, tan conocido. Lo miraba como tantas y tantas veces lo había mirado, cuando en aquel silencio su hermano la llamó, en voz muy alta, brusco. Sólo entonces comprendió que sucedía algo extraño. José demostraba un enfado tan verdadero, que Marta tuvo ganas de retroceder.

—Te he llamado para que me expliques delante de Pino todas tus trapisondas, tus engaños y tus tonterías…

Marta sintió miedo. Por un momento fue un miedo tan grande que le hizo temblar las rodillas con violencia. Se apoyó en un extremo de la mesa. Luego apretó los dientes, como en los últimos tiempos se había acostumbrado a hacer. Pensó: “Este rato pasará en seguida. Luego no tendrá importancia”.

Hubo un silencio. Marta miró ahora a su hermano con la cabeza alta, muy fija, insolente.

—¡Estoy esperando! —dijo José.

Marta descubrió que no podía hablar. No podía despegar aquellos dientes apretados, ni bajar la cabeza. Le parecía que nunca había visto a José tan colérico, y le había visto muchas veces. Nunca estuvo tan desarmada delante de él, porque allá en su fondo ella veía una razón de su enfado. Por eso, aterrada, seguía fija en su actitud insolente.

Pino se levantó de pronto, descalza como estaba, con el collar de Teresa en el cuello, adornada con anillos y pendientes de Teresa.

—¿Pero no ves que es una…? ¡No eres hombre si no la matas! Marta perdió su rigidez, furiosa, al oír el insulto de aquella voz. —¡Tú no te metas!

Pino dio una especie de chillido en el momento en que José cogió a su hermana por el cuello de la blusa y la tiró materialmente contra la pared. Luego se plantó ante ella con los ojos saltones, con una actitud tan terrible que ya tocaba en lo cómico.

Entonces Marta, que se había golpeado la cabeza, que veía a Pino dislocada, que notaba un extraño baile en las paredes, hizo una mueca a la que se había acostumbrado en los últimos tiempos. Sonrió.

José perdió la cabeza y empezó a cruzarle la cara a bofetones.

Marta sentía aquel dolor quemante, y sonreía. Este gesto era inconsciente. De allá adentro, de una parte de su ser que no razonaba sino presentía, le venía quizás esta sonrisa. Ahora era la única serena, la única fuerte.

Personaje protagonista: Marta, adolescente de dieciséis años en Las Palmas de Gran Canaria durante la Guerra Civil.

Autora: Carmen Laforet, La isla de los demonios.

6.2. Liberación de la familia patriarcal.

Aquella noche hubo pan en abundancia. Se sirvió pescado blanco. Juan parecía de buen humor. El niño charloteaba en su silla alta y me di cuenta con asombro de que había crecido mucho en aquel año. La lámpara familiar daba sus reflejos en los oscuros cristales del balcón. La abuela dijo:

—¡Picarona! A ver si vuelves pronto a vernos… Gloria puso su pequeña mano sobre la que yo tenía en el mantel.

—Sí, vuelve pronto, Andrea, ya sabes que yo te quiero mucho…

Juan intervino:

—No importunéis a Andrea. Hace bien en marcharse. Por fin se le presenta la ocasión de trabajar y de hacer algo… Hasta ahora no se puede decir que no haya sido holgazana.

Terminamos de cenar. Yo no sabía qué decirles. Gloria amontonó los platos sucios en el fregadero y después fue a pintarse los labios y a ponerse el abrigo.

—Bueno, dame un abrazo, chica, por si no te veo… Porque tú te marcharás muy temprano, ¿no?

—A las siete.

La abracé, y, cosa extraña, sentí que la quería. Luego la vi marcharse.

Juan estaba en medio del recibidor, mirando, sin decir una palabra, mis manipulaciones con la maleta para dejarla colocada cerca de la puerta de la calle. Quería hacer el menor ruido y molestar lo menos posible al marcharme. Mi tío me puso la mano en el hombro con una torpe amabilidad y me contempló así, separada por la distancia de su brazo.

—Bueno, ¡que te vaya bien, sobrina! Ya verás cómo, de todas maneras, vivir en una casa extraña no es lo mismo que estar con tu familia, pero conviene que te vayas espabilando. Que aprendas a conocer lo que es la vida…

Entré en el cuarto de Angustias por última vez. Hacía calor y la ventana estaba abierta; el conocido reflejo del farol de la calle se extendía sobre los baldosines en tristes riadas amarillentas.

No quise pensar más en lo que me rodeaba y me metí en la cama. La carta de Ena me había abierto, y esta vez de una manera real, los horizontes de la salvación.

… Hay trabajo para ti en el despacho de mi padre, Andrea. Te permitirá vivir independiente y además asistir a las clases de la universidad. Por el momento vivirás en casa, pero luego podrás escoger a tu gusto tu domicilio, ya que no se trata de secuestrarte. Mamá está muy animada preparando tu habitación. Yo no duermo de alegría.

Era una carta larguísima en la que me contaba todas sus preocupaciones y esperanzas. Me decía que Jaime también iba a vivir aquel invierno en Madrid. Que había decidido, al fin, terminar la carrera y que luego se casarían.

No me podía dormir. Encontraba idiota sentir otra vez aquella ansiosa expectación que un año antes, en el pueblo, me hacía saltar de la cama cada media hora, temiendo perder el tren de las seis, y no podía evitarla. No tenía ahora las mismas ilusiones, pero aquella partida me emocionaba como una liberación.

Personaje protagonista: Andrea, joven estudiante en la Barcelona de la posguerra.

Autora: Carmen Laforet, Nada.

6.3. Maternidad libre.

Me he pasado la vida persiguiendo inútilmente la aprobación familiar como el burro que avanza por un camino marcado por su dueño a base de perseguir la zanahoria al final del palo, y sólo he conseguido avanzar por un camino que yo no había decidido y no conseguir sentirme mejor ni más querida por eso.

Se me hacía muy difícil aspirar a conseguir la aprobación de mi padre, un trofeo por otra parte que se hacía más valioso a mis ojos por lo disputado: todos, menos mi madre, babeábamos tras él como perritos. La Eva real no parecía gustarle y pretendía machacarla a base de llamarla mimada, loca, desagradecida y mentirosa (mimada si no se levantaba a su hora, loca si se ponía la famosa muñequera de pinchos, desagradecida desde el primer verano que decidió no pasarlo en Santa Pola, mentirosa si afirmaba que a su hermano le faltaba un tornillo). Yo siempre supe cómo era él, y le aceptaba. Es más, le quería. Le quería mucho, demasiado incluso, pero sabía que me había embarcado en una relación de amor imposible. Y cuando vi que se repetía el mismísimo patrón con el hombre cuyo nombre está escrito en un trozo de pergamino encerrado en una botella enterrada en un descampado cerca de Cuatro Vientos, que estaba persiguiendo desesperadamente a alguien que no podría nunca devolverme lo que yo le daba, me di cuenta de que aguantaba esa relación porque seguía un esquema aprendido, porque estaba jugando a ser mi madre sin serlo, poniéndome en el lugar de la misma mujer a la que mi padre tanto decía amar, cambiando el escenario pero reinterpretando el libreto palabra por palabra en un intento desesperado e inútil de cambiarle el final.

Y no sabes lo que me duele escribir esto porque toda la vida he soñado con tener una familia idílica que me quisiera incondicionalmente, de esas de teleserie yanqui, un refugio al que acogerme en caso de necesidad. Y duele dar por terminada esa ilusión. Esa ilusión que todos acariciamos, pero que no se puede materializar en la vida real. Porque ningún ser humano es perfecto y por lo tanto no existe la familia perfecta. Y si las series de televisión nos advirtieran de que todas las familias, todas, se basan en lazos de afecto y complicidad, pero que están anudados, en enmarañada red, con otros de celos, traiciones, desilusiones y envidias, no nos decepcionarían tanto nuestros padres y hermanos y aprenderíamos a valorar a cada familia como lo que es: ni mejor ni peor; distinta. O igual, según se quiera ver. Duele admitir esto, es cierto. Duele crecer. Pero ya lo dijo el cantautor italiano: lo siento mucho, la vida es así y no la he inventado yo.

Lo que quiero que entiendas, Amanda, si algún día lees esto, es que cuando aquel Mercedes por fin se detuvo en Madrid y yo llegué a casa con los ojos rojos y la cabeza enredada, me di cuenta de que uno no se puede pasar la vida ni intentando ser como sus padres quieren que sea ni culpándolos a ellos de la persona en la que uno se ha convertido. Porque si se estanca en la infancia no crece, y si no crece nunca será una persona completa, sino un simple apéndice de su mamá, dependiente de su aprobación y temeroso de su desprecio. Yo no estoy contenta de cómo me trataron, pero al fin y al cabo ¿quién lo está?, ¿existe alguna persona que no tenga algo que reprochar a su educación y su crianza?, ¿soy tan ingenua como para pensar que, en el futuro, tú no tendrás algo que reprocharme? Y también pienso a veces que quizá no pudieron o no supieron hacerlo de otra manera. Peor aún, que es más que probable, por no decir irremediable, que yo también me equivoque contigo. Quién sabe si las cosas hubieran ido a mejor si mi madre se hubiera casado con el tío Miguel o si mi padre no hubiera tenido que ver al cuñado que fue rival día sí y día también. Quién sabe si todo habría sido mejor de no haber estado los bandos divididos por una guerra cainita, quién sabe si las cosas pueden ir mejor o si en realidad la vida está sujeta a leyes fatales contra las que nada se puede oponer porque es la divina fatalidad la que mueve todo con hilos invisibles. Yo, desde luego, no lo sé, Amanda, pero sí sabía entonces que quería protegerte de todo aquello, y por eso, cuando una semana después llamó mi padre para saber si todo iba bien y me dijo que no hacía falta que llorase tanto, que no había que sacar las cosas de quicio, que lo único que había pasado era que mi hermano perdió los nervios, esperando que yo aceptase, una vez más, la normalidad de Vicente y la exageración de mis propias reacciones, le colgué el teléfono y no le he vuelto a llamar desde entonces a sabiendas de que ese amor de padre me estaba asfixiando y que en cierto modo su vida se había alimentado siempre de la nuestra, con dos hermanas enfrentadas jugando a la buena y a la mala y un tercer hijo siempre machacando a la cuarta para disimular su complejo de inferioridad. Sé que cuando tú seas mayor podrás juzgarme igual que yo un día juzgué a mi padre, y eso me aterra, porque pienso que si mis padres no supieron hacer las cosas de otra manera es más que probable que yo tampoco sepa transmitirte nada válido, que cometa los mismos errores y vuelque en ti mis frustraciones y mis miedos, que no sepa contener mis accesos de mal genio, esconder mis inseguridades y mis neuras, ser refugio ni consuelo cuando me necesites. Es más que probable que algún día me desprecies cuando leas que te concebí como asidero a la vida, que te utilicé incluso antes de que nacieras.

Que te utilicé para llenar mi vida vacía, que deseaba concebirte porque necesitaba alguien que habitara mi soledad, porque cada cual busca e incluso planea sus amores (amantes, amigos, hijos) en función de sus carestías.

(…)

Pero esto no son más que elucubraciones. Mi madre ha muerto y lo único que sé es que nunca supe mucho de ella. Por eso no quiero que tú en un futuro tampoco sepas nada de mí, de dónde vienes, por qué naciste, por qué te engendró precisamente tu padre y no otro, por qué tu madre apostó por la vida a pesar de que confiaba tan poco en ella, a pesar de que siempre pensó y a veces todavía piensa que lo mejor es pasar por el mundo de puntillas, como si este valle de lágrimas no fuera sino la estación en la que una espera la llegada del tren que la conducirá al abismo. No quiero que tengas que enterarte, confusamente y por terceros, de partes trascendentales de la historia de tu madre, como me sucedió a mí, y sentir además que te faltan otros pedazos importantes sin los cuales no puedas reconstruir un rompecabezas que quedará irresoluble para siempre. En cualquier caso, quiero que sepas que me prometí a mí misma y a ti, aunque no me entendieras y no supieras lo que te estaba contando, que trataría de no intentar convertirte en un apéndice de mi persona, ni en un vehículo de mis ambiciones, ni en un espejo para mis vanidades, que respetaría tus opiniones y tus gustos incluso si no coincidían con los míos y que me esforzaría en lo posible para hacerte sentir querida y válida.

Personaje protagonista (autobiografía): Eva.

Lucía Etxebarría, Un milagro en equilibrio.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s