Curar del machismo en casa: navidades divergentes

Gorileo, eo

Había pensado dedicar esta entrada a analizar un fenómeno tan antiguo como la especie humana, que ocurre en espacios públicos como las plazas, los campos de deportes o las discotecas, pero también en las aulas: el gorileo.

Sería absurdo vincular los alardes de dominio o de poder físico y psicológico que realizan los machos humanos, por lo general, con nuestra época o con la actualidad de los sistemas educativos. Tengo muy viva la memoria de algunos maestros cuando yo era niño, hace cuarenta años, quienes utilizaban la fuerza física para imponer su voluntad como ley o el reglamento disciplinario como una entidad absolutamente externa a sus destinatarios. La heteronomía fundada en el poder del magisterio antiguo no impedía, sino que, más bien, propiciaba la proliferación de otras fuentes de dominio heterónomo en la jerarquía de las escuelas, a semejanza de las sociedades clasistas, estratificadas y patriarcales: los mayores dominaban a los menores, los más fuertes a los más débiles, los varones a las mujeres, los que se consideraban normales a los estigmatizados como raros, los pelotas a los marginados, los jefes de la mafia a los chivatos y a los pelotas, y así un largo etcétera.

Sin embargo, tengo que admitir con inquietud el hecho de que la pérdida de autoridad física y de poder amenazante por parte de los referentes tradicionales del patriarcado, en un marco objetivamente totalitario, no haya sido sustituida por la comprensión de la utilidad de las normas: 1) para proteger y promover los derechos humanos de todas y todos; 2) para resolver problemas que dificultan la convivencia, interfieren la comunicación en forma de diálogo (hay otras formas de comunicación jerarquizadas y unilaterales) e impiden que se organice un entorno amigable de aprendizaje, ya sea en la asamblea, ya sea en grupos cooperativos o interactivos, ya sea en parejas que se ayudan mutuamente.

Se habla mucho y con razón del acoso escolar. Se investigan sus manifestaciones de modo cada vez más detallado, con el propósito de prevenir su aparición dentro y fuera de los muros de la escuela. Durante este año que termina, han sonado muchas alarmas y se han propuesto medidas eficaces en otros países o en algunos centros educativos de nuestro entorno. Es significativo y esperanzador que estemos superando el paradigma tradicional de la heteronomía: ya no se recurre como fórmula infalible a un retorno del régimen disciplinar, basado en la amenaza permanente y en la sanción punitiva, en el miedo y en el silencio, en lugar de en la confianza y en el diálogo. Lo cual no quita autoridad a quienes defienden y protegen la integridad de las personas, en razón de los derechos humanos y en atención al bien común; ni tampoco a las leyes aprobadas democráticamente o a los jueces que contemplan sanciones a los agresores y reparaciones a las víctimas.

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No obstante, ahora es momento de que toda la comunidad se convierta en sujeto activo de sus derechos y sus libertades; lo cual implica que pongamos el acento en la educación sobre actitudes y valores que nos hacen capaces de convivir y de comunicar afectos, emociones y razones. Se propone formar comisiones de convivencia con representantes de toda la comunidad educativa, organizar proyectos de aprendizaje interdisciplinares y transversales, promover el aprendizaje cooperativo, prevenir activamente la eclosión del acoso en momentos clave del desarrollo moral del alumnado, de acuerdo con su edad y sus capacidades: al comienzo de la Primaria y su tercer ciclo; en el primer curso de Secundaria y en el último.

Esta preocupación tan sana coincide con una denuncia cada vez más acuciante y urgente de la violencia de género en las relaciones entre adolescentes. Sin embargo, no es frecuente que se reconozca la implicación directa de ambas especies de violencia: el acoso y el machismo. A esa realidad me refiero con la etiqueta gorileo: el ascenso del liderazgo basado en estereotipos de género cerrados: líderes agresivos vs. seguidores sumisos, asentados en el conflicto permanente, que configuran patrones de comportamiento tan perjudiciales para quienes los asumen, como para quienes se sienten ajenos o incapaces de emularlos o quienes sufren directamente sus efectos.

Dicho de otro modo, los perfiles del machismo tradicional y del dominio patriarcal se han convertido en el mayor obstáculo para el aprendizaje y la mayor amenaza a los derechos humanos en las aulas, una vez que se han superado otras ideologías que imponían la heteronomía contra el desarrollo autónomo y cooperativo de niñas y niños: la adscripción étnica o religiosa, el clasismo, la gerontocracia o la oligarquía.

Hay una irracionalidad que permanece y que pretende afirmarse, con el apoyo de los medios de comunicación de masas, ávidos de audiencia, o de los nuevos medios sociales, en la medida que pretenden acaparar y monetizar el interés de los adolescentes. Quizá sea el último grito de una bestia herida o quizá -ojalá no- la punta del iceberg de un neoautoritarismo que se disfraza de competitividad: la violencia de los videojuegos, la falsa gloria, pero muy rentable, de los deportes-espectáculo, la banalidad simplificadora de los reality-shows, un nuevo repunte de la violencia xenófoba que alienta los prejuicios y el sentimiento de superioridad étnica en las redes sociales.

Sea como fuere, el gorileo existe y se exhibe en los espacios públicos y en las aulas como una falsa promesa de gloria que conduce al nihilismo. Así lo denuncian los actuales “guardianes entre el centeno”, si se les presta un poco de atención. A veces, cuando se habla de “postureo” nos referimos indirectamente al gorileo; otras veces se acusa a sus víctimas por tomar postura contra esa moda dominante.

Mi hijo es normal

Demasiadas veces, madres y padres nos dejamos obsesionar por el concepto y los estereotipos de la normalidad. Nuestros hijos e hijas tienen que ser “normales” o, sencillamente, nos parece normal que hagan lo que dice la gente, se llame o no Vicente.

Ahora bien, si la normalidad consiste en imitar a los líderes del gorileo, que se venden a sí mismos como fuente de poder en los medios masivos; o, por qué negarlo, a través de las actitudes y el humor de algunos youtubers, entonces hay motivos para sospechar de sus consecuencias. Nada se puede considerar más humano que la imitación de prototipos, gracias a la peculiar funcionalidad de las neuronas-espejo en nuestra especie, excepto la crítica saludable y razonable a los ídolos que hace posible la madurez de la corteza cerebral.

Nos ha costado décadas, e incluso milenios, considerar normales a las mujeres deportistas o a los varones artistas; y, en general, a los extranjeros, los practicantes de otras religiones, los ateos, los homosexuales, las lesbianas y los transexuales. Así y todo, aun admitiendo que los estereotipos se han ampliado para dar cabida a otros modelos posibles en el desarrollo evolutivo de nuestros descendientes, sigue habiendo una escala estrecha que privilegia una expectativas sobre otras acerca de lo que sería deseable.

No me refiero a las altas o las bajas expectativas, con respecto al estatus social al que pueden aspirar las niñas y los niños, por haber nacido en una clase privilegiada o en la clase trabajadora; lo que sería motivo de un amplio debate, sobre todo en nuestro país, que sigue condenando a una especie de destino clasista a quienes acceden por derecho a la educación universal y pública, como denuncian las estadísticas sobre los límites de la escolarización a partir de los 16 años, cuando deja de ser obligatoria. Son escandalosas las cifras en informes como el reciente de Save the Children, pero todavía más las historias personales de miles de repetidores y centenares de miles de suspensos que penalizan a quienes no tienen recursos para asumir clases particulares y sostener, por medios privados, el mantenimiento de la enseñanza tradicional, la cual sirve ciegamente a la reproducción de la desigualdad y para provocar exclusión social.

Aunque hacen falta más estudios que comparen y contrasten distintos factores que influyen sobre el rendimiento escolar, parece que, en la actualidad, las chicas tienen mejores expectativas que los chicos. Ese simple dato no es suficiente para calibrar, en sentido contrario, los efectos negativos del gorileo sobre el aprendizaje, pero señala, al menos, que la realidad contradice las tendencias sistémicas.

Otras estadísticas a considerar son las que vinculan el éxito o el fracaso escolar con las prácticas culturales de las familias: la lectura, el cine, la música, la creatividad expresada por medio de las aficiones. Además del informe PISA, que ofrece pocos indicadores para sustentar el análisis, hay que tener en cuenta decenas de investigaciones específicas. El Consejo Escolar de Estado ha recomendado reiteradas veces que se facilite la implicación de las familias en la escuela como factor principal en la lucha por conseguir el éxito de todo el alumnado. No obstante, la implicación será muy distinta si solamente se informa a las familias en calidad de clientes, si se les invita a participar como partners, sin dar importancia a las condiciones socioeconómicas o laborales que lo hacen (im)posible, o si se les empodera de modo consciente para que puedan cumplir sus deberes educadores en sus propios hogares y en el marco escolar, a través de Escuelas de Familias y espacios de participación democráticos.

Nuestros hijos son normales y, precisamente por eso, todas y todos son diferentes. Necesitan una atención personalizada en la que colaboren las familias y los docentes, mano a mano.

Prácticas culturales divergentes: subvertir las modas

No tengo la entidad ni la intención de convertirme en consejero de las familias, sobre todo porque madres y padres tienen canales de representación propios para buscar y encontrar consejo. Sin embargo, por cuanto soy padre de dos niños varones en edad escolar, puedo contar lo que yo mismo hago para prevenir y confrontar las tendencias gorilescas:

  1. Acompaño a mis hijos en sus búsquedas, sin determinar su vocación como si fuera Pigmalión: no solo a la hora de usar Google, sino también Youtube. Hay muchas formas de tutelar el uso de las redes sociales, aunque la más recomendable, siempre, es dialogar sobre sus gustos.
  2. Veo cine con ellos todas las semanas, como hacen ya muchísimos padres y madres, gracias a Pixar y a plataformas legales como Filmin. Os propongo una lista de películas, de la que voy añadiendo y quitando conforme aparecen nuevas ofertas y los niños crecen.
  3. Me encantaría escribir un libro tan solvente como el de Santiago Alba Rico, Leer con niñosHe leído junto a ellos algunos clásicos, desde que eran pequeños: Lazarillo, el Quijote, Oliver Twist, El libro de la selva, Cuento de Navidad, Cuando Hitler robó el conejo rosa, etc. Pero recomiendo, tratándose de adolescentes, una selección de lecturas asociadas a la cultura actual y a las culturas juveniles, a través del transmedia: Aprendilecturas para unas navidades divergentes.
  4. Me dejo guiar por sus gustos en música, aunque hayan tenido que escuchar la que a mí me gustaba y los programas de radio que prefiero: Sofá sonoro o Play Opera en la Cadena SER; durante los viajes, Radio 3 o Radio Clásica. Me encanta crear mano a mano la lista de canciones que vamos a bailar en las fiestas.
  5. He dedicado mucho esfuerzo y trasnochado para crear un entorno de aprendizaje digital a través de las app de IOS: aplicaciones para edición y creación gráfica, musical y audiovisual (Procreate, Paper, Picsart, Book Creator, WavePad, Toontastic, Animation Desk, Lego Movie, iMovie, ShowMe, Toc & Roll, Musyc, Music Learning Lab, GarageBand, etc.) o aprendizaje de idiomas (Traductor de Google, iTranslate, Tutor, Wordreference, Duolingo, Funland, etc.); juegos de todo tipo: geográficos (Barefoot Atlas, World Heritage, GeoWalk), históricos (Timeline Eons), solidarios (My Life as a Refugee, Malaria Hunter), experimentales (Inventioneers, Tocalab, Monster Physics, Junior Astronaut, Colección Tinybop), naturalistas y medioambientales (TocaNature, MarcoPolo, DynoWalk), STEM (Ciencia para Niños de Urban Pockets, Journeys Of Invention), narrativos (El Guardián de la Imaginación, Bean Bag Kids, Quelle Histoire, La Luna, etc.), espaciales y dinámicos (Bugs and Buttons), multiversos (Minecraft, Monument Valley, Samorost) y otros que dejaron de tener interés para ellos conforme crecían. Muchos de los juegos citados tienen versiones en Android, o bien es posible encontrar otros alternativos.
  6. Los mundos más interesantes para los adolescentes y, cada vez más, los preadolescentes, son los constituidos por las redes y los medios sociales y por los videojuegos, muchas veces interconectados: hay centenares de youtubers que difunden a todo el globo sus partidas en videojuegos de moda, videojuegos multiusuarios, juegos que funcionan como aplicaciones en las redes sociales o que generan comunidades de usuarios, jugones y jugonas.

No somos demasiado conscientes de que los niños y las niñas adolescentes hacen uso de las redes sociales (quizá las chicas en mayor medida) y de los videojuegos (los chicos, en su mayoría) de una forma supuestamente imprevista por los creadores y mantenedores de ambos géneros digitales. Los menores empiezan a intervenir en las redes sociales mucho antes de la edad permitida: 16 años en Whatsapp, si se atiende a las condiciones de uso prescritas; 13 años en Facebook o Twitter, de acuerdo con una ley establecida en EEUU, no en España ni en Europa: Children’s Online Privacy Protection Act.

En cuanto a los videojuegos, todos ellos se difunden acompañados de una recomendación en la escala PEGI (Pan European Game Information), de ámbito europeo, que los clasifica desde los 3 a los 18 años (7, 12 y 16 como edades intermedias), en virtud, principalmente, de los contenidos (violentos, explícitamente sexuales, discriminatorios, amenazantes, groseros, proadictivos), no de las habilidades necesarias para jugar. Dos ejemplos: el juego más difundido entre adolescentes a partir de los doce años es GTA, tolerado solamente desde los 18, no solo por la extrema violencia que representa, sino porque construye un mundo virtual que pone entre paréntesis los derechos humanos fundamentales. El segundo, Clash of Clans, clasificado 7 según PEGI, por motivos ignotos, que promueve la violencia organizada.

Hay que tener mucha madurez para distinguir, sin lugar a dudas, las situaciones planteadas por la ficción y por una realidad hipotética, que podría convertirse en eficiente si se produjeran en el entorno social inmediato. Los adolescentes no son tratados como menores por mero afán de protección, sino también por el hecho de que su desarrollo fisiológico y neuronal todavía está en curso: la corteza prefrontal no racionaliza las emociones como una persona adulta, aunque les encante dejarse embargar por las emociones, de forma completamente natural.

Los videojuegos y las redes sociales tienen un poder adictivo y unos efectos sobre la constitución neuronal que apenas estamos comenzando a descubrir: en sentido positivo, pueden favorecer el aprendizaje e incluso multiplicar las conexiones neuronales; podrían estimular el desarrollo moral temprano, a semejanza de las aplicaciones usadas conscientemente para provocar estímulos en la primera infancia, si plantearan dilemas éticos resolubles y, todavía mejor, si se utilizaran en compañía de adultos, comenzando por las familias y continuando por los docentes en la educación pública.

El contexto actual: el sistema educativo y su currículum vigente no toman en consideración, ni siquiera de modo parcial, la existencia de las redes sociales y de los videojuegos. Dicho esto, no deja de ser paradójico que los docentes pre/ocupados de ambos temas no lo hagamos solamente como padres o madres, sino de modo oficial, por recomendación explícita de muchos pedagogos y gracias a la formación proporcionada a través de instituciones públicas como el INTEF. Estamos abriendo brecha en el muro que impide la ósmosis entre sociedad y escuela.

Sea como fuere, hoy por hoy, las familias se enfrentan en solitario a una obligación social, generada por la sociedad en que vivimos, no por malos hábitos incubados en el ámbito doméstico. La adolescencia tiene sus derechos, aunque sean los mismos que cualquier niño a cualquier edad, en la medida que se reivindican como propios: un mayor grado de autonomía, que, si no se respeta, se convierte en clandestinidad. ¿Cómo pueden madres y padres, con sus propios medios,  prevenir los usos indebidos?: es decir, aquellos que perjudican su aprendizaje y su evolución ontogenética, como ocurre con el consumo de drogas, aun cuando hayan sido admitidas por la cultura dominante.

Mientras el sistema educativo no se haga cargo de la realidad, con el propósito de fortalecer las capacidades de las familias, tenemos que afrontar las necesidades de nuestros hijos y nuestras hijas, sin abandonarlos por dejadez, ni empujarlos a la clandestinidad como consecuencia de una prohibición genérica.

 

Algunas pistas para conseguirlo: ciberactivismo parental

  1. Evitar que los menores dispongan de móvil propio antes de los 14 años. Si no se puede evitar, porque ya lo tienen en sus manos, es razonable y legítimo que el número de teléfono siga a nombre de uno de los progenitores, de modo que se pueda negociar el uso de aplicaciones y dialogar sobre los contenidos.
  2. Seleccionar juntos los videojuegos que utilizan los menores. Recomiendo el recurso de una plataforma como STEAM, bajo control de los adultos. Es compatible con el dispositivo que prefieran nuestros hijos e hijas y permite mudar de soporte o de sistema operativo.
  3. Mantener una actitud proactiva en contra de la violencia, la agresividad y el sexismo, tanto en las relaciones sociales como en los contenidos de los videojuegos.

Cierto que el mundo de los videojuegos suele estar fuera del campo de acción de los adultos, por falta de tiempo o de ganas de perderlo. No obstante, vale la pena el esfuerzo, si lo que se consigue es crear un espacio lúdico compartido con nuestros amados hijos e hijas: podemos jugar entre nosotros y perder, podemos jugar con ellos y que todos ganen.

Por último o por principio, hay docentes y familias dispuestos a compartir diversas formas de ciberactivismo en las redes: grupos en Whatsapp o en Facebook, campañas de solidaridad o de incidencia política en favor de la educación y de una buena causa.

Nos seguimos viendo en las redes. Feliz Navidad divergente.

La próxima entrada tratará sobre los videojuegos válidos y valiosos por diferentes criterios. Sirva de anticipo un documental extraordinario: Gameplay, la historia del videojuego.

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