Delirio educativo por la clase trabajadora

Veo, veo… ¿qué veo?

Centenares de escuelas públicas que padecen los saltos cualitativos en el aprendizaje como si los renacuajos no se sintieran capaces de cambiar de ciclo o de curso a ranitas, ni las orugas pudieran hacer el tránsito a mariposas. No digamos si el trauma se refiere a enseñar sencillamente las alas al mundo (“no me grabe, que le denuncio”) o a conectar las antenas por medios digitales (“menuda mierda de Internet”). El clímax de la autodesconfianza estalla o alterna al plantearse elaborar un proyecto de vida con la materia de las experiencias actuales, haciendo uso de las formas y los géneros de la vida social: ¿qué tendrán que ver las Matemáticas con el hambre, las Ciencias Naturales con la recuperación de espacios ambientales, la Geografía con los viajes, la Lengua con una asamblea parlamentaria o la Historia con la memoria de los refugiados? Todavía peor, qué relación entre las Matemáticas, la Lengua, las Ciencias Naturales, la Geografía, la Historia… y el mundo de la vida.

Solo se tolera una forma de conexión mental, y solo gracias a algunos magos de la Formación Profesional: apertura a las empresas y al empleo. Pero, tal como se está creando ese mundo fuera de las escuelas, contradice hasta los principios de coherencia. ¿Habría que enseñar lo que pocas veces se hace, pero es nuestra responsabilidad? ¿O bien lo que no debe hacerse, pero es práctica habitual?

Mi delirio por la clase trabajadora es consecuencia de las contradicciones que frustran, de mil maneras, los esfuerzos por crear el sistema educativo que se adapte a sus necesidades y a sus potenciales, en vez de amoldar los cerebros de un grupo de supervivientes para que reproduzcan prácticas académicas del siglo anterior y echar fuera a quienes no se ajusten al molde.

No hablo solamente de que abandonemos los libros de texto y nos echemos al campo o a la investigación de campo. Tampoco de sustituir las aulas por chismorreos en las redes sociales. Se trata de que las escuelas asuman la realidad y, en consecuencia, se transformen radicalmente: no la realidad del fracaso y el abandono, aunque fuera bajo el disfraz del absentismo calculado y por itinerarios formativos sin salida, como ahora mismo ocurre.

Nuestro reto consiste en incluir toda la realidad del alumnado y todo el alumnado en el proceso comunicativo de su educación. Los métodos innovadores, tomados aisladamente junto con sus aislados y pírricos agentes, son un engaño o un cuento de hadas, si no se incluye en esta historia la organización escolar.

Dado que nuestro país, tanto más cuanto más al Sur, a causa de condicionantes históricos todavía vigentes, ha soportado que las clases trabajadoras, en plural, también las trabajadoras del hogar o del cuidado, abandonaran tempranamente la educación formal y fueran, desde entonces, objetos pasivos de adoctrinamiento en masa a través de los medios, públicos o privados, el primer paso de la educación inclusiva tendría que crear espacios para el aprendizaje a lo largo de la vida de las familias que son principales responsables de la educación de sus hijas e hijos. Aunque los movimientos sociales de la última hornada han procurado medios alternativos para multiplicar aprendizajes en forma de talleres, espacios digitales interactivos y foros políticos, bancos de conocimiento, periodismo ciudadano, cursos abiertos, MOOC o sucedáneos, lo cierto es que apenas han afectado a las competencias de las familias para acompañar el crecimiento de sus hijas e hijos desde la infancia a la adolescencia.

En cuanto a los mal llamados adolescentes; por mejor decir, los abundantes en neuronas y hormonas en proceso de reinventar mundos sociales; no es alarmista constatar que se han instalado en la igualdad de acceso a los smartphones y a una cierta variedad de géneros digitales (chat, distribución de imágenes y vídeos, youtubeo), a falta de una auténtica y constatable igualdad de oportunidades en la educación sobre los géneros discursivos que necesitarían aprender cómo personas libres, competentes y con derechos reconocidos.

Las hijas y los hijos de la clase trabajadora me provocan delirios, no precisamente de grandeza, sino de pequeñez y de amor no correspondido. Muchas de las aulas de nuestro tiempo son escenarios de combate entre tendencias ideológicas y hábitos sociales que no pueden ser discernidos, porque no hay una organización escolar que garantice la participación, el diálogo y el compromiso entre todos los agentes educativos, incluidos todas y todos: alumnado de variado género, docentes improvisados, vocacionales o profesionales, familias de distinta modalidad, agentes sociales organizados, servidores públicos de diversas instituciones, profesionales en activo.

Mientras tanto no se articule legalmente un nuevo escenario para la educación democrática e inclusiva, donde se prevengan espacios para la educación social y la educación expandida, donde las aulas sin muros sean un terreno compartido por varios docentes trabajando en equipos educativos, hagamos un esfuerzo por quitarnos las máscaras de la hipocresía.

Por muchos premios que nos den o dejen de dar, por mucho que insistan las grandes corporaciones en presumir de la solución tecnológica, casi todos los docentes somos reyes y reinas destronados, sometidos a humillación diaria, a quienes se sigue condenando a la soledad y a la frustración. La utopía se ha convertido en delirio educativo de/por la clase trabajadora.

Quememos las naves. Acampemos en las escuelas y disfrutemos el placer de reinventarlas con los adolescentes y reconocer su abundancia. Atendamos la diversidad en equipo, nunca más por medio de pretextos burocráticos que profundizan la segregación. Aprovechemos nuestras redes locales para tejer alianzas globales. Conspiremos.

escuela-inclusiva

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