¿Basta con una nueva ley de educación?

Hemos oído muchas veces a los habitantes de la televisión y los medios de comunicación de masas hablar de que tales o cuales comportamientos de los adolescentes se solucionan por medio de la educación; y, sobre todo, la educación en valores.

Hay que decir, también, que algunos espacios públicos, algunas tertulias, debates o reportajes tienen la valentía de abordar los problemas sociales de mayor actualidad desde una perspectiva racional, democrática o empírica. Sin embargo, no tienen tiempo ni oportunidad real para ponerlos en contexto. Aun sin pretenderlo, en los mejores casos; a sabiendas, en los espacios de la deseducación, que también los hay, la publicidad reduce los valores a una sombra o una caricatura de la vida donde tienen lugar.

Por si fuera poco, a veces sacamos las palabras de contexto y las exhibimos como un muñeco de feria, para burlarnos de ellas o para golpearlas. Nos demos cuenta o no, pretendemos tumbar a un adversario: dejarlo noqueado, en silencio, humillado. También es un problema de valores: los modos en que se construye el conocimiento, la memoria o la experiencia. Una comunidad plural y diversa necesita oportunidades para la libre argumentación, la profundidad al ocuparse de cada persona, la empatía y la confrontación que no concluye en una ruptura irreconciliable, sino que consiste en intercambio de opiniones para comprender(nos) mejor.

Puedo ponerme en la situación de las madres y los padres, porque lo soy. Muchas veces tenemos cierto reparo, vergüenza o miedo a hablar sobre los riesgos de las drogas, la pornografía, los estereotipos de género y la violencia con que se sobrecargan, el racismo, el clasismo o los prejuicios contra los ancianos, la discapacidad, la enfermedad, la muerte. Otras veces creemos que hemos hablado al dar un sermón, sin hacernos comprender, sobre el acoso escolar o el uso de los móviles, la buena amistad, la tolerancia.

Gari_Melchers_-_The_Sermon_(1886)

Gary Melchers, The Sermon (1886). Fuente: Wikimedia Commons.

El aprendizaje se vive en comunidad

O se queda en la superficie.

Hay comunidades de todo tipo: de vecinos que no se hablan, de fanáticos, de… todo, pero lo que se aprende sale torcido o retorcido. Es tradicional, desde que empezó a serlo, que los adolescentes se eduquen, sobre todo, con otros adolescentes; que la calle sea un mundo paralelo a la familia y ambas respecto a la escuela, con pocas intersecciones entre ellas.

Muchas personas de mi generación han pasado por ese cruce de contradicciones sin resolver. Hemos sufrido los malos modales de amigos y amigas, de profesores sin vocación o de otros infortunados azares, cuando no teníamos por qué soportarlo; ni ellos a nosotros. Hemos camuflado la vida en la calle o en la escuela delante de nuestros padres. Una vez llegados a la madurez, si alguna vez se alcanza, pensamos que nuestros hijos e hijas estarían libres de una doblez que provoca angustia y nos acostumbra a lo insoportable. Hay algo más oscuro: cuando nos vemos desbordados por la repetición de lo antiguo y perdemos pie. Cuando nos resignamos a que la vida es así.

Uyuni_train_cemetery_-_asi_es_la_vida

Uyuni Train Cemetery. Fuente: Wikimedia Commons.

¿Quién le pone el cascabel al gato?

Nadie puede hacerlo solo. No hay héroes ni heroínas, sino personas abandonadas en el trance de servir a los demás: madres y padres, médicos, abogadas, profesores o barrenderos, amigos incondicionales que sufren impotencia cuando se quedan a solas frente a lo inabarcable. Héroes o chivos expiatorios, quizá. El caso es que así no cambia el mundo.

¿No hay alternativas? ¿No hay un espacio humano de encuentro donde recuperar el suelo sobre el que caminar erguidos y reconocernos sin miedo y sin humillación, donde aclarar los malentendidos, proponer mejoras, resolver problemas cotidianos?

Quizá planteado de este modo algo dramático, lo admito, adquiera su pleno sentido la tertulia dialógica o la comunidad de aprendizaje en las escuelas, por supuesto, pero similarmente en los movimientos sociales que actúan en nombre de los derechos humanos.

No tenemos tiempo, no nos sentimos capaces… Sin embargo, es una necesidad vital. No depende de las leyes en exclusiva: por ejemplo, una nueva ley de educación. Se puede legislar para que las personas tengan tiempo y espacio físico donde encontrarse; para que se pueda conciliar la familia con el trabajo; a favor de que las educadoras y los educadores se organicen y coordinen en beneficio de las niñas y los niños a quienes sirven; en defensa del protagonismo, la autonomía, la responsabilidad y la solidaridad de los niños y las niñas, que solamente puede adquirirse con la práctica. Aun así, la ley no hace el hábito, sino que necesitamos comprometernos mutuamente como un acto de amor… donde cabe la separación voluntaria, ciertamente, para formar nuevas comunidades o para regenerarlas.

Lo que no cabe es resignarse a la repetición de lo mismo generación tras generación. Ahora… siempre tenemos otra oportunidad.  No es lo mismo 😉

6962219531_431e184f0b_b

Mar Coll, Cada minuto que pasa es otra oportunidad de seguir cambiando. Fuente: Flickr.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s