#EduExpandida Yo también tengo miedo a los mutantes (si son zombis)

Digo también, no porque me sienta identificado con el pavor de Vargas Llosa o de Magris a los efectos supuestamente devastadores de las culturas y los géneros digitales, sino más bien con las pesadillas infantiles de mi hijo de siete años.

Sueña con zombis. Yo no sueño, sino que “a veces veo zombis”.

Lo que me extraña (con ironía socrática antes de pensar) es que mi niño no ve películas zombis, ni lee literatura zombi, ni participa en el ingenioso proyecto (para adolescentes) Zombiología. Su madre y yo (cada uno en su casa), aunque seamos mutantes, somos bastante prudentes a la hora de configurar el entorno literario, audiovisual y digital de aprendizaje de nuestros dos hijos. Es amplio, incluso vasto como el universo entero; pero no, no incluye a los zombis entre los pasatiempos.

¿Entonces? ¿Proceden de un terror asentado en la dotación genética de la especie? ¿Acaso hay un contrabando más o menos organizado de películas y series zombis entre niñas y niños de segundo de Primaria? ¿Habrá algún/a maestro/a que considere apropiado distraer o motivar el aprendizaje de la infancia de siete años con zombis? Es bastante improbable.

Me temo que los zombis forman parte de la cultura de nuestro tiempo como un símbolo de que la mutación puede ser maravillosa, pero hay un límite a partir del cual se convierte en terrorífica. Los niños juegan a ser zombis en el patio de la escuela, a semejanza de otros tiempos en que jugaban a guerras. El antibelicismo ha conseguido minimizar el efecto del militarismo en los aprendizajes informales o invisibles. Sin embargo, se celebran fiestas o carnavales del terror con figuras de un imaginario global: Halloween mundializado. Yo mismo hago chistes sobre zombis que escuchan mis hijos: tal o cual político moribundo, tal o cual portaestandarte de valores franquistas, la competitividad encarnada en cuerpos muertos. Me hacen reír las parodias zombis, pero, aun así, dan un poco de miedo.

Recuperando algo de seriedad, estoy disfrutando como un niño de la revolución tecnológica y de los medios sociales, en la medida que son asumidos por grupos humanos para crear tecnologías sociales (utópicamente definidas por Wikipedia). Disfruto con las niñas y los niños en mis aulas (siempre que me lo han permitido o me han alentado a ello, como hacen el IES Cartima o el INTEF), imaginando usos creativos y mashup de aplicaciones IOS, Android, Google, Linux.  Disfruto con mis hijos de las app que estimulan su desarrollo (aunque me preocupo de diversificarlas para que no creen dependencia) y de los estupendos vídeojuegos indie que proliferan en una plataforma multisistemas como STEAM: Beyond Eyes, Machinarium, Botanicula, Never Alone, Teslagrad, Tengami, Kerbal Space Program, Universe Sandbox, A Bird Story, To the Moon, Magic Flute, Cities XL y otras muchas experiencias que nos quedan por descubrir.

He aprendido año tras año sobre las culturas juveniles de la mano de los grupos que me las han enseñado y han aprendido a enseñarlas en el marco de un Banco Común de Conocimientos, en forma de talleres o laboratorios de investigación y práctica. No me dan ningún miedo; en todo caso, tengo que controlar mi tendencia a la fascinación, más o menos como hago con mis hijos. El control cortical no es enemigo de la creatividad, excepto si adquiere un perfil zombi: represor, perseguidor, paralizador, devorador.

En el otro extremo, considero zombis aquellas mutaciones que generan tolerancia hacia la violencia inhumana, la destrucción de la vida, los abusos y los acosos, la violencia de género, el racismo, la xenofobia, la homofobia, la incomunicación. Me importa muy poco o nada que se presenten en forma de literatura prestigiosa, incluso con ínfulas de clasicismo, o que se vendan como una moda gore en el cine, o que conquisten millones de usuarios en las consolas.

He leído y visto todo lo que me recomendaba la crítica literaria o cinematográfica, aunque luego no estuviera de acuerdo con su criterio de distinción. Las mejores obras de arte y las mejores incitaciones a la creación artística anticipan los valores de una generación siempre nueva. Los retratos apocalípticos del mundo (real o fantástico), las distopías en forma de libros o videojuegos nos hacen capaces de comprender lo indeseable. Pero tienen que comunicar valores estéticos y éticos al mismo tiempo para que no se degraden hasta la mera acumulación de basura neuronal, que necesita limpiadores especializados.

¿Mutante o zombi? Esa es la cuestión.

 

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