Silencio y vergüenza

Romper el silencio

Quizá hoy sea un día propicio para escuchar lo que nos disgusta saber y para adoptar una actitud proactiva: romper el silencio.

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Hay hechos que cuestionan el modo en que hemos organizado la sociedad: el hambre y la falta de agua potable, los desahucios, el paro de larga duración, los enfermos a quienes no se atiende; niñas, niños o adultos a quienes se niega el derecho a la educación. La imposibilidad o la impotencia de una sola persona para diseñar un proyecto de vida. Los sufrimientos añadidos a la vivencia de los migrantes y prófugos por decisiones políticas que atentan contra sus derechos. El sometimiento de otros seres humanos por medio del terror a un régimen (in)moral, político o económico, comenzando por las mujeres en su propio hogar… La crueldad legitimada por cualquier ideología, que se ceba contra los más vulnerables.

Es falso que no se pueda hacer nada por evitarlo. Se habla del cansancio humanitario, como si tuviera sentido abandonar la escucha y dar la espalda a los rostros o cerrar los oídos a las voces. Habría que comprender, mejor, la tristeza y la indignación de los trabajadores humanitarios, cuando comprueban que la importantísima asistencia a las víctimas no es suficiente al propósito de transformar la realidad. He ahí el detonador que convierte la actitud empática en acción humanitaria.

En el marco de una situación como la que miles de personas están viviendo en Idomeni, frontera de Grecia con Macedonia (por poner un ejemplo entre tantos), los ayudadores traspasan los límites de la empatía para identificarse con el clamor de quienes soportan la sinrazón. Reconozco entre los verdaderos ayudadores a los profesionales de ACNUR, aunque se sientan obligados a asumir un acuerdo diseñado en las altas esferas, mientras desalojan a los refugiados (todavía no reconocidos como tales, para más INRI) y los realojan en condiciones menos indignas. No son indiferentes, como tampoco lo eran cuando atendían a los palestinos en Yarmuk, pero deben escapar de la ambigüedad. Lo digo como socio de ACNUR y divulgador de la memoria de las exiliadas y los exiliados. Hay que romper el silencio escuchando todas las voces. La indiferencia no tiene justificación ética.

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Vencer la vergüenza

No podía referirme a lo que me ha tocado vivir, sin expresar primero lo más urgente en la escala de lo humano. Creo que era la mejor manera de superar el sentimiento de vergüenza que me impedía hablar con claridad. Quizá sea un fenómeno común a otros servidores públicos que han sufrido cualquier forma de agresión: trabajadores humanitarios, sociales, sanitarios o docentes.

Vergüenza, ¿por qué? Las estadísticas no entran en esos detalles, pero la experiencia me ha demostrado que los trabajadores susceptibles de sufrir una agresión son aquellos que, sencillamente, son más vulnerables: quienes están más expuestos por su puesto de trabajo, obviamente; pero también quienes se exponen más, a causa de una relación prolongada por un compromiso personal que trasciende lo rutinario, sea por el contacto directo, sea por la comunicación a través del teléfono y las redes. Uno/a se siente protegido por alguna especie de cápsula mágica, cuando en realidad solo hay una forma de seguridad real: la organización que minimiza los riesgos, el trabajo en equipo, la corresponsabilidad y la participación democrática de los supuestos beneficiarios en calidad de protagonistas.

En la profesión docente, dichos rasgos describen una auténtica comunidad de aprendizaje: un mundo con mucho oxígeno gracias a la continua fotosíntesis de los aprendices mediadores, las familias voluntarias, los equipos educativos, las comisiones y, sobre todo, un proyecto educativo que ha surgido de compartir un sueño. Cuando pretendo actuar como si hubiera atmósfera, en un medio rarificado por las desconfianzas, es probable que, de la noche a la mañana, me encuentre en el desierto poblado de aullidos  (Dt 32, 10), tratando de hablar sin cobertura o de respirar sin aire.

He ahí otra razón de peso que añadir, desde mi actual punto de vista, a las que se han dado durante los últimos años para recomendar que los docentes innovadores se apunten a un proyecto educativo, en vez de sobrevivir como francotiradores. Añadiría un dato (o un cúmulo de conexiones: un nodo) de enorme relevancia, dado que llevo varios años buscando el horizonte de coherencia y estabilidad. Es imprescindible que las leyes educativas y sus administradores hagan definitivamente posible la creación de centros y la consolidación de proyectos educativos que sean viables, no solo por el voluntarismo de un equipo directivo, sino por las virtudes de una organización sostenible. No es cuestión de pedir milagros, que acaban en crucifixiones, sino de solicitar seguridad, en primer lugar, para los más vulnerables de todos: las niñas y los niños que padecen cualquier forma de exclusión.

El sentimiento de vergüenza, en mi caso, es una confesión de impotencia.

No obstante, me siento afortunado porque, en el peor momento, me protegiera la asamblea de niñas y niños que habíamos formado durante muchas tutorías, a pesar de las frustraciones que llevaban soportando: el mayor número de suspensos, partes y expulsiones del centro; la negación de oportunidades comunes en otros cursos o en otros centros, los agravios cotidianos. Sin embargo, para ellas y ellos, el shock provocado por aquel estallido de violencia que duró varios días, fue mayor que para mí.

Mi cuerpo ya me había pedido basta. Pero tenía que expresarlo conscientemente: vencer la vergüenza. Ya está bien de echar leña al fuego que devora los esfuerzos de miles de implicados en hacer viable una educación inclusiva.

Resolvamos los problemas de fondo que provocan una experiencia masiva de fracaso, a través de un nuevo pacto social por la educación. No hablo de un libro blanco colgado en la red, aunque haya sido ocasión para un debate público. Se trata de organizar la escucha de todas las voces en cada centro, con el fin de pergeñar un proyecto educativo auténtico que haga realidad los derechos humanos en nuestra peculiar comunidad de aprendizaje.

Si alguien tiene la poca vergüenza, por su sensación de apoderamiento (tan distinta del empoderamiento democrático), de acusar a las víctimas: alumnado, familias o docentes, por las evidencias de un fracaso escolar programado, reflexione sobre un poema de Martin Niemoller (muchas veces atribuido a Brecht): “Cuando finalmente vinieron a por mí / no había nadie más que pudiera protestar”.

Niemoller fue partidario de aquel régimen, antes de acabar en un campo de concentración. O adoptamos la salida comunitaria e inclusiva o cedemos el control a sistemas de evaluación externa y a tiranías internas.

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