El año en que nos obligaron a repetir

Esta semana podría ser igual que otra cualquiera.

O quizá no (fin de la cita).

Estamos inmersos en una nueva crisis económica mundial. No me fiaría de los vaticinios de tal o cual gurú, quienes se apoyan, a su vez, en la estructura matemática o, simplemente, histórica, de los ciclos de crisis que caracterizan el capitalismo. Confío en un ensayo de Naomi Klein, fundado y no falsado por la experiencia: La doctrina del shock, el cual se adaptó con extraordinaria fidelidad en el documental de Michael Winterbottom. No olvido que se publicó meses antes del crack de 2008.

Tampoco creo que se pueda culpar a la gente por resignarse a otro ciclo de carestía en medio de la abundancia, tal como nos hace ver, año tras año, el informe OXFAM. Habrá que responsabilizar a esos líderes de paja que anunciaron la rehumanización del capitalismo en plena depresión y nunca cumplieron sus compromisos. Ahora, ni siquiera lo intentan.

Acabamos de participar en unas elecciones que deberían haber producido una regeneración de la política, como condición insuficiente, pero necesaria, para que se reorganizase la economía de la extorsión, que favorece a las élites y perjudica a los vulnerables. Hay que subrayar el hecho de que sea el sistema económico la agencia de la sustracción (robo, finamente hablando), mientras que la política solo sirva para su legitimación: todavía no hay acción política para cambiarlo. A pesar de Podemos y el lema electoral de otro partido en deriva hacia “no se puede”, ni hablar.

Mientras tanto, mis clases del 2016 comenzaron, después de la recuperación que devuelve la esperanza a los pocos suspensos del primer trimestre (el “rescate social” en parámetros escolares), con un proyecto organizado, junto a la orientadora, al servicio del grupo del que soy tutor: “¿Es posible cambiar el mundo?“.

Por esta vez, me traicioné a mí mismo: “nunca plantees un desafío pedagógico con una interrogación total (sí/no)”, de modo que salieran a la luz las angustias de chicas y chicos que han sido marcados por su propio centro educativo (es decir, por el padre o la madre institucionalizados) como marginales. Un grupo compuesto por niñas y niños que podrían “crear dificultades”, se dice, en vez de ser incluidos en igualdad con los demás, con el fin de cambiar los factores que les ponen difícil el aprendizaje.

Teníamos que responder a su noche social en vez de ocultarla bajo una manta de buenismo.

De modo, si se quiere, desafiante, el proyecto tiene como finalidad devolver la esperanza sobre el fundamento de experiencias en el entorno social, en el horizonte histórico de algunos cambios (a diferencia de los cambios peyorativos) y en las estrategias de afrontamiento que funcionan al servicio de la voluntad de mejorar el mundo: éticas del empoderamiento. Ya estamos hartos de las legitimaciones del sacrificio, un capítulo más de “la doctrina del shock” desde hace varios milenios. Empoderarse no es pecado; lo inhumano es privar de sus capacidades a los más vulnerables.

Pues bien, las respuestas han sido las imaginables: donde otros grupos de niñas y niños, grupos heterogéneos y equilibrados, entenderían el valor de las normas, las instrucciones y las leyes para orientar el comportamiento, mis chicas y chicos resbalan sin encontrar agarre. Sin embargo, les llaman la atención las figuras personales y los testimonios de quienes están cambiando la sociedad: gente como ellos, bomberos, agentes de salud, basureros (sí, como lo oyen), policías, o bien otros niños como Iqbal Masih o Malala Yusafzai, ambos paquistaníes. Casi la mitad de mi grupo son inmigrantes del Punjab paquistaní o indio; así ocurre en esta parcela del mundo.

La verdadera pregunta motriz era, de hecho: ¿cómo podemos cambiar el mundo? La respuesta final del proyecto, con matices: “cambia tú para que todo cambie”.

¿Quiénes comenzaron diciendo: “No va a cambiar nada”? Los chicos repetidores, por supuesto. ¿A causa de una predisposición genética a la depresión? Me daría risa, si no fuera porque me provoca ganas de llorar.

Se me saltan las lágrimas contemplando los ejercicios de poder que humillan a nuestra gente, entre quienes incluyo a los millones de fugitivos en busca de refugio. En Dinamarca, aquel país que lució la estrella de David, empezando por sus reyes, con el propósito tácito de evitar que los judíos daneses fueran arrebatados por la noche del nazismo, las familias refugiadas hoy pueden ser legalmente privadas de sus pertenencias, incluso su “conejo rosa”; perfecta metáfora de la infancia y de la iniciación a la vida adulta en una de las mejores novelas de aprendizaje del siglo XX, Cuando Hitler robó el conejo rosa.

“Cuando los mercados financieros robaron la esperanza” sería una declaración abstracta y demagógica, propia de un chamán narrador de historias, aunque el autor de moda que lo denuncia no es probable que haya escuchado narrar historias a ningún chamán.

“Cuando los guardianes de la noche (que no del centeno), obligaron a tantas familias a repetir el esfuerzo de la supervivencia y las culparon por no haber sabido conquistar su derecho a la esperanza”. Me parece más descriptivo. Las historias de superación y resiliencia comienzan por ser historias de humillación y desesperanza.

“El año en que nos obligaron a repetir”. Así será si no podemos impedirlo. Si no se puede cambiar el mundo.

“El año en que pudimos cambiar el mundo”. Una historia de exiliados que vale la pena leer, para aprender. Pero la educación es el terreno donde se fraguan otros enunciados: “el año en que podremos, porque hemos cambiado”. Cambia tú, quien me lees.

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