Dios exiliado

Hay un dios exiliado, ay, y ahí

queda la sombra de sus huesos,

sin hacer montón: solo unas huellas

de haber cruzado entero algún estrecho

algún océano, un orbe cansado,

una casa que soporta sus pasos, medianero

entre todos los países de la tierra

y la parte más próxima del cielo.

No entiendo cuando miro.

No lo veo.

Tengo que pararme a descansar con ella

y con su huella y con la abierta

sensación de serla o serlo:

una vida exiliada sin quererlo,

o un humano que marchó, queriendo.

Desesperado de amor, esperanzado

por verla, por verlo, por venir ahora

a ser cuerpos enteros, retornados,

recompuestos

con la única magia que conozco:

el nacimiento.

Me confieso agnóstico y amante.

Creo confiado cuando escribo,

porque esta palabra no sale de nada.

Entra, se parte y se da libre.

Entró, se repartió libremente.

Queda la sombra de sus huesos.

Memoria. Carne en el mar. Nostalgia.

Pruébalo.

Sabe

a deseo.

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