Post-Colon-ial: Las lenguas de América después de 521 años

Nuzavi, Xicayán, Mixteca de Guerrero, México
Nuzavi, Xicayán, Mixteca de Guerrero, México

Subíamos a pie y resoplando por la vertiente del cerro Campanario, Yukú Kaá. Así se llama, dice Juventino, porque hubo unas campanas en lo alto que se hacían sonar cuando avistaban a algún enemigo. El nombre mixteco significa “Cerro de Metal”, pero también “Cerro Sonoro”. Me evoca otro Cerro de las Campanas, un hito en la memoria del México independiente. Al otro lado está Xicayán de Tovar (derivado del náhuatl tlaxicayan) o Nuzaví, en mixteco. Es el pueblo más antiguo de la región: literalmente “donde habita Savi, la divinidad de la Lluvia”.

Cómo podían sonar esas campanas, si es que hacían uso de campanas antes que practicasen la forja y sonaran en los templos, si realmente eran sones de alerta contra enemigos o qué enemigos serían aquellos, son hechos que aún no despeja la bruma, aunque a estas horas el sol ya pega recio. No queda rastro de la niebla matinal.

“El mero jefe era un señor muy malo que hacía sufrir a la gente. Cuando volvían del bosque con leña, con hierbas y con animales que cazaban, había esperándoles soldados del señor. Les quitaban todo. Todo para él, todo para él. Por eso llegó el día en que se levantaron, lo agarraron y lo echaron del pueblo”. No dice que lo mataran, ni que le hicieran venganza. No más dice que lo echaron y que se acabaron los tiempos de la servidumbre.

Ya estamos bajando la vertiente. Se abre a los ojos el llano fértil donde crece el frijol más sabroso de la Montaña. Aquí vienen a comprar los comerciantes para llevárselo a Putla, Oaxaca, la ciudad oriental. Tan antigua como Nuzaví, pero enclavada todavía hoy en un cruce de culturas: la mixteca, la trique, la amuzga de los artesanos y campesinos, la mestiza de los comerciantes y obreros, la postcolonial del hacendado, la moderna del ingeniero, la transnacional del turista.

La memoria sobre ese cacique se mezcla con otros estratos en la historia. ¿Quiénes fueron los Tovar? ¿Unos señores feudales “precolombinos”? Pues no.

La saga de los Tovar comienza por un tal Juan que acompañó al Marqués (es decir, a Hernán Cortés) en su viaje de conquista desde Santo Domingo, en calidad de retainer. Fue recompensado por ello con la encomienda de Xicayán, desde entonces llamado de Tovar. Sin embargo, es probable que ese mercader ennoblecido con una cota de caballero y asentado en la Ciudad de México apenas pisara el lugar.

Quien debió de ejercer el dominio sería, al principio, su conquistador, Francisco Guillén, con quien compartió los beneficios de la encomienda. Sobre el modo en que actúo ese encomendero a medias dan cuenta los testimonios históricos.

Según Alonso de Austria, gobernador de Igualapa en 1582, los cabezas de familia en la provincia de Ayacastla, donde se ubicaban Xicayán, Xochistlahuaca, Tlacoachistlahuaca y Ometepec, se habían reducido de 323.000 en 1522 a 1.807 en 1582. Los datos no son completos y, en ocasiones, se contradicen. Suponen un aumento de población en Xicayán desde 6 hasta 100 familias, mientras que en Xochis pasarían de 20.000 a 200. De distinto modo, la Relación de Xicayán de Tovar dice que sus habitantes eran 6.000 y se redujeron a 100 en 1580, fecha en que se escribió. Entre ambas cifras anota cuatro pestes. Pero tanta o más muerte causaron las minas, como señala Daniele Dehouve (1994: 53).

Los índices demográficos absolutos no llegaron a restablecerse hasta tiempo muy reciente. A la luz de los documentos de la época (cfr. Cerón Rojas, 2006), el pretexto de las guerras y la represión militar, después de astutas provocaciones, sirvió para reducir miles de personas a la esclavitud. Lo ha narrado el Códice de las vejaciones en el tiempo oportuno, cuando los encomenderos dejaban sin varones a un pueblo entero, simbolizado por unas pocas figuras en ese guion de la memoria histórica:

Detalle Lienzo Aztactepec

Lienzo de Aztactepec y Citlaltepec o Códice de las Vejaciones

Unas matemáticas y una iconografía de la Historia que no se enseñan en las clases de mi país, de donde salieron millones de nuevos americanos, muchos más como emigrantes (dos millones, entre los siglos XIX y XX) que como colonizadores (unos 800.000). Durante los dos primeros siglos de la Conquista, apenas fueron medio millón, a los que cabe atribuir razonablemente la principal responsabilidad de que la población amerindia se redujera, en términos absolutos, desde el 20% hasta el 3% de la demografía mundial. Muchos historiadores actuales hablan del “mayor desastre demográfico de la Humanidad”. Suena rotundo, si no fuera porque se niega que tal hecho constituya un genocidio. Por tanto, sonando como suene, se trata de un eufemismo. Se atribuye la sangría a causas indirectas: las epidemias.

Sin embargo, tanto Bartolomé de las Casas como Motolinía (admirador de Hernán Cortés), denuncian la explotación esclavista y el robo del patrimonio: las mejores tierras, los recursos esenciales. El hecho de que las guerras no fueran la causa principal no debería cegar a quienes utilizan paños calientes para olvidar el genocidio. En los campos de concentración o en el gulag también hubo muchas muertes por golpes, trabajos forzosos, hambre y enfermedad. El dominio de una exigua minoría de europeos (no solo españoles, también otros colonos ingleses, franceses u holandeses) sobre una mayoría nativa no dejó de ser atroz, a pesar de las Leyes de Indias que pretendieron construir una sociedad del apartheid avant la lettre. El camuflaje del pasado solo sirve a un interés: su repetición como ley del eterno retorno, con otras máscaras.

En términos culturales, la conquista y la explotación colonial supusieron la desaparición o glotofagia de centenares de lenguas, así como la progresiva marginación de las subsistentes. Si bien el exterminio objetivo de la población durante los siglos XVI y XVII, cuando llegó a sus mínimos históricos, comenzó a revertirse en el s. XVIII, el sometimiento de las etnias (cultura, lengua, comunidad) amerindias ha prolongado su amenaza constante hasta la fecha. De ahí que una gran nación multicultural como México, que no ha dejado de crecer demográficamente, haya pasado de un 80% de población hablante de lenguas nativas en 1800 hasta menos de un 10%. Ese proceso de continua aculturación perjudica objetivamente al país, debilita sus estructuras sociales y sus capacidades de desarrollo; aunque sea en menor medida que el exterminio real de la población. En toda América Latina, la verdadera Leyenda que sigue vigente es que lo que pasó no pasó y, por tanto, no sigue pasando de ninguna manera.

No es casual que a los españoles y a los criollos se les llame en tu’un savi (“lengua de la lluvia”) na zaá, “los calientes, los que odian”, probablemente por esa pasión desatada en violencia. Los Tovar mantuvieron la herencia e incluso es posible que vivieran en su feudo, dado que en Xicayán radicaba la magistratura, hasta que se hicieron efectivas las Leyes de Indias en favor de los magistrados de origen indígena. Algún vecino de Xicayán les atribuye descendencia: la única enfermera por aquellos contornos, según dicen, por su piel güera, quizá con ironía. Ella no niega ni admite esos supuestos. Aunque no sea rigurosamente cierto, lo que sí se transparenta a través de su piel y su doble cultura es un cierto mestizaje, en una zona secularmente aislada. Al menos, ella habla tu’un savi.

Volvamos a España. De hecho, escribo desde aquí sobre lo que viví allá y me gano la vida como profesor de lengua castellana y literatura. Sin embargo, una investigación que se ha prolongado desde 1993 hasta la fecha (el trabajo de campo, hasta enero del 2000), acerca del tu’un savi en el estado de Guerrero, México, en relación con su mundo vital (Lebenswelt), que se ha hecho cargo de los avances de la lingüística (cognitiva, minimalista, pragmática y discursiva) para sostener los esfuerzos por usar la lengua nativa en el sistema de educación intercultural bilingüe (EIB) y promover la planificación, no ha tenido apenas eco donde debería tenerlo: las instituciones universitarias, incluido el CSIC u otros de ámbito regional.

La causa no está en las personas. Cualquiera lo entiende.

Es que no existe ni un solo departamento, ni una mínima área de conocimiento sobre lenguas amerindias en todo el paisaje de la academia y la investigación españolas. Existe, es cierto, un Instituto y una revista muy fiables (UniverSOS) en la Universidad de Valencia, gracias al impulso de Julio Calvo, catedrático emérito y especialista en lengua quechua, reconocido internacionalmente excepto en España, donde no se le concede un proyecto de investigación.

Otro dato: durante el último Congreso Iberoamericano de las Lenguas en la Educación y en la Cultura, celebrado en Salamanca el septiembre de 2012, un colega guatemalteco de lengua mayense y el que suscribe fuimos los únicos en tratar sobre los idiomas y las culturas indoamericanos, ambos en distintos rincones de la programación. Al menos, pudimos. Todavía me duele recordar que la estupenda conferencia del honorable Víctor García de la Concha, en defensa del español y la hispanidad, tropezó en la piedra de las lenguas nativas, con un argumento apenas reflexionado: el español sirve de lengua franca en la Babel de la multiculturalidad americana. Un análisis más profundo deja ver que esa función no debe confundirse con el dominio diglósico de una lengua sobre las demás, ya sea en América, ya sea en España. El buen futuro que los hispanohablantes auguramos a nuestro común idioma en USA corre el fehaciente peligro de convertirse en nada, si el español no deja de ser una lengua marginal en la educación, la economía y la política de ese o de cualquier otro país. Basta acordarse de Filipinas y el 98.

Son hechos. España es hoy, de nuevo, un país de emigración. Miles de jóvenes españoles buscan nuevas oportunidades en Latinoamérica, desde el Río Grande hasta la Tierra del Fuego. Ningún consejero les ha recordado que en las Américas no solo hay distintos folclores sino que se hablan muchas lenguas. Ni siquiera se ha introducido en el currículum (apenas en un 2º Bachillerato, sin reflejo en la PAU) la diversidad lingüística del español americano. Cuánto menos se les habrá narrado una Historia común a los pueblos originarios de América y a los pueblos emigrantes que la han repoblado, después de un genocidio que se prefiere olvidar.

Pero he aquí que los nativos tienen memoria social e histórica. No recuerdan con odio, sino que exigen reconocimiento. ¿Será esta la generación que se lo dé? ¿En forma de collar de plástico o baratija? ¿En las especies de la educación intercultural y el desarrollo lingüístico? Luchemos por conseguirlo. Hace falta una buena cultura, además de buena voluntad.

Concluyendo

A mí me tocó vivir un cambio histórico, desde la extrema miseria hacia distintas alternativas vitales, a través de la educación y el empoderamiento de la nación ñuu savi. Por ahora se ha traducido, sobre todo, en una migración masiva de personas y familias que no renuncian a su lengua ni a su territorio.

El contrapunto de ese proceso histórico hacia un mayor desarrollo es la vulnerabilidad de la región más pobre en el México actual. La catástrofe humanitaria provocada por el Huracán de este año ha sido aún mayor que la sufrida en 1997, mientras estuve trabajando como cooperante en la zona. Las razones son prolijas, pero se resumen en una amenazante deforestación, junto con la ausencia de un sistema de alarmas por riesgo humanitario.

Solidaridad con la Mixteca de Guerrero Huracán 2013

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